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jueves, 14 de enero de 2016

REFLEXIONES DE PILAR G. VADO: EL CONFORMISMO


Cuando en terapia cognitiva se menciona el término de aceptación incondicional de nosotros, de los demás y de la vida, a menudo hay quien piensa que aceptar es lo mismo que permanecer impasible, sumiso y de brazos cruzados ante cualquier tipo de circunstancia, es decir, lo que habitualmente se suele entender por conformarse. Sin embargo, la aceptación no implica en absoluto pasividad.

En primer lugar, aclaremos qué significa conformismo, ya que es una palabra que, como muchas otras, está teñida de connotaciones negativas y en ocasiones se interpreta mal. La Real Academia Española (RAE), lo define como lapráctica de quien fácilmente se adapta a cualquier circunstancia de carácter público o privado”. Vemos que habla de adaptación, pero no de indolencia, indiferencia, desidia, pasividad…, que es lo que nos viene a la cabeza cuando escuchamos o empleamos este término.

Cuando decimos que alguien se acepta a sí mismo, a los demás y también sus condiciones vitales, nos referimos a que es razonablemente feliz, a pesar de que él, los demás y la vida sean imperfectos. Esto no significa que no existan cosas que a esa persona le gustaría que fuesen de otra manera y que, si puede, trate de cambiar, pero no necesita que sean de otro modo para sentirse bien.

El conformismo, o lo que llamaba Anthony De Mello “bastantidad”, consiste en darnos cuenta de que todo, tal cual está en este preciso instante, está bien, que podemos ser felices aquí y ahora, disfrutando de estar vivos y de las cosas maravillosas que nos ofrece la vida, que no precisamos ser de otra manera ni conseguir más posesiones, así como tampoco necesitamos que las circunstancias sean diferentes.

El que es capaz de aceptar y sentirse cómodo tal y como es, con lo que tiene, con lo que hace y en sus circunstancias presentes, aunque éstas no sean las más deseables, conseguirá sentirse bien en cualquier momento y situación, nunca necesitará cambiar nada porque el bienestar no proviene del exterior, sino de la manera en que pensamos y evaluamos lo que nos ocurre.

Aceptando no lograremos que, de manera mágica, nos gusten las cosas que nos desagradan de nosotros mismos, de los demás y del mundo, pero sí nos será de gran utilidad a la hora de intentar cambiarlas (siempre que ese cambio sea factible), ya que nos dará la serenidad necesaria para buscar posibles soluciones, tomar decisiones más acertadas y, en consecuencia, actuar de manera más constructiva. Desde la tranquilidad que nos proporciona la aceptación, se funciona mejor que desde la ira, la ansiedad, el resentimiento, la ofuscación…, que entraña la resignación o no aceptación de las cosas.

Las personas que saben conformarse o, lo que es lo mismo, que tienen “bastantidad”, son aquellas emocionalmente más fuertes porque tienen deseos, motivaciones, intereses, inquietudes y objetivos en la vida, y trabajan con entusiasmo para conseguirlos, pero sin presión ni ansiedad, puesto que no necesitan que se vean realizados para ser felices, porque ya lo son.

En definitiva, el conformismo no es ninguna debilidad, todo lo contrario, supone una gran fortaleza porque nos permite adaptarnos mejor a las distintas situaciones, aceptando lo que no está en nuestra mano modificar y actuando sobre lo que sí podemos cambiar, y nos proporciona una mayor tolerancia a la frustración que nos hará sobrellevar mejor las inevitables incomodidades de la vida.



domingo, 20 de diciembre de 2015

REFLEXIONES DE PILAR G: ATAQUE A LA VERGÜENZA

En las salas de espera de un hospital de mi barrio, han habilitado unas pantallas en las que van a apareciendo unos números que informan a los pacientes de su turno para ser atendidos. En una máquina situada en la recepción del hospital, cada persona citada recoge un papelito en el que figura un número, cuando éste coincide con el de la pantalla, es el momento de entrar a la consulta.

Esta mañana, yo estaba esperando mi turno cuando un señor, de repente y para sorpresa de todos los allí presentes, dijo en voz alta el número que en ese momento se hallaba en el panel: “¡El 215!”. Unos minutos más tarde, el número de la pantalla cambió y él volvió a decir: “¡El 216!”,  entonces casi todos los que estábamos en la sala le miramos y él añadió: “Es que me han contratado para ir diciendo los números”. 

Ante esta situación, un tanto absurda, es muy posible que muchos de los que se encontraban en la sala pensaran que ese hombre estaba chiflado, sin embargo, a mí me dio por pensar que tal vez estuviera realizando uno de los famosos ejercicios de ataque a la vergüenza que Albert Ellis ideó en la década de los 60.

La finalidad de estos ejercicios es reforzar la autoaceptación incondicional, es decir, la creencia de que nuestro valor como persona es inalterable y solo condicionado a estar vivo. Si no pensamos así, nos valoraremos positivamente solo si nuestros actos son buenos y si obtenemos el reconocimiento de los demás, y nos menospreciaremos cuando alguno de nuestros comportamientos sea malo o cuando los demás nos desaprueben. 

Por lo general, experimentamos vergüenza cuando hacemos algo ridículo y si además somos criticados duramente por hacerlo, sentiremos que no solo el acto en sí es reprobable, sino que creeremos que nosotros, como seres humanos, somos despreciables. Nos odiaremos y nos sentiremos culpables por habernos comportado así, repitiendo en un futuro esa forma de actuar, porque consideraremos que una persona tan ridícula e inadecuada como nosotros será incapaz de comportarse de otra manera.

Este tipo de ejercicios consisten en pensar en algo embarazoso, loco o disparatado, pero que no nos ocasione problemas reales, y hacerlo públicamente. Albert Ellis proponía pasear una banana atada a una correa como si fuera un perro, preguntarle a un desconocido por una calle estando ya en esa calle, decirle a un extraño: “Acabo de salir de psiquiátrico, ¿en qué mes  estamos?”, anunciar a gritos las paradas en el metro, el autobús o el tren…

Al hacer estos ejercicios, las personas que nos rodean nos mirarán por encima del hombro, se alejarán de nuestro lado, pensarán que estamos locos o  se reirán de nosotros. Al principio es inevitable sentirse avergonzado, humillado y culpable, se trata de cambiar esas emociones por incomodidad, remordimiento  o pesar.  Para conseguir eso tendremos que convencernos enérgicamente de que la estima que nos podamos tener no depende de lo nuestros comportamientos ni de que los demás nos acepten o nos rechacen.

Algunos de nuestros actos pueden ser inadecuados o absurdos, pero eso no nos convierte en personas despreciables, nuestra valía radica en el mero hecho de existir, de ser únicos e irrepetibles y, por tanto, es inalterable, siempre valdremos lo mismo, a no ser que nos identifiquemos con nuestras conductas o con lo que piensan otras personas de nosotros, estoúltimo sería como dar a los demás un mando a distancia con el que pueden controlar nuestras emociones, si aprietan el botón del halago nos sentiremos como seres absolutamente geniales y, si por el contrario, pulsan el botón de la crítica nos veremos como auténticas piltrafas humanas.

El valor del señor que anunciaba en voz alta los números en el hospital, no se ha visto en absoluto afectado por llevar a cabo un acto disparatado ni porque los demás puedan pensar que estaba un poco locuelo. Ni él ni nadie es un ser ridículo por eso, para ser una persona ridícula, todos y cada uno de sus actos tendrían que ser vergonzosos y, también debería carecer de la capacidad de comportarse de otra forma. 

Es recomendable aceptarnos como individuos falibles, con muchas limitaciones,que a menudo se equivocan, que actúan de manera inadecuada y que no siempre consiguen agradar a todo el mundo,porque de este modo evitaremos sentiremos ansiosos ante la posibilidad de fallar o cuando nuestra imagen corra peligro ni nos autocastigaremos cuando cometamos un error, sino que procuraremos no repetirlo en el futuro. Además, no perderemos el tiempo buscando desesperadamente la aprobación social porque sabremos que somos valiosos solo por existir y no necesitaremos que nadie nos lo confirme.



martes, 1 de diciembre de 2015

REFLEXIONES DE PILAR G: EL EGOÍSMO SEGÚN ANTHONY DE MELLO


Seguramente muchos de vosotros sepáis quién es Anthony De Mello (Bombay 1931-Nueva York 1987), para los que no hayáis oído nunca hablar de él, os diré que además de sacerdote jesuita, fue uno de los mejores terapeutas cognitivos de la historia de la psicología.

Hoy me gustaría compartir con vosotros la particular y, a mi juicio, acertada visión que Anthony De Mello tenía sobre el egoísmo, para ello he extraído algunos fragmentos de una conferencia en la que trató este tema.

En su exposición hay algunas ideas muy interesantes, pero yo destacaría sobre todo una: todos intentamos satisfacer nuestro propio interés y, por tanto, buscamos cosas que nos hagan sentir bien, pero no a todos nos producen placer las mismas cosas. Hay quienes encuentran una gran satisfacción haciendo algo bueno por los demás, pero se equivocan si desprecian y tachan de egoístas a los que no actúan de ese mismo modo, o si se consideran superior a ellos. No olvidemos que nadie es más valioso que nadie por muy buenos que sean sus actos. 

Estas son las palabras de Anthony De Mello acerca del egoísmo:

“Hay dos tipos de egoísmo, el primer tipo es el que consiste en darme gusto de darme gusto, eso es lo que generalmente llamamos egoísmo. El segundo tipo es el que consiste en darme el placer de agradar a los demás. Éste sería un tipo más refinado de egoísmo. El primero es muy obvio, pero el segundo está oculto, muy oculto, y por eso es más peligroso, porque llegamos a pensar que realmente somos maravillosos. Pero, al fin y al cabo, tal vez no seamos tan maravillosos.

(…) Ordinariamente todo lo que hacemos es en nuestro propio interés. Todo. Cuando usted hace algo por amor a Cristo, ¿es eso egoísmo? Sí. Cuando hace algo por amor a alguien, lo hace por su propio interés. Tendré que explicarlo: Imagínese que usted vive en Fénix y que alimenta a más de quinientos niños todos los días. ¿Lo hace sentirse bien? ¿Acaso esperaría que lo hiciese sentirse mal? Pero a veces ocurre. Y ello se debe a que algunas personas hacen cosas para no sentirse mal. Y llaman a esto caridad. Actúan por sentimiento de culpa, eso no es amor. Pero a Dios gracias, usted hace las cosas por la gente, y eso le parece agradable. ¡Maravilloso! Usted es un individuo sano porque actúa en su propio interés, eso es sano. 

Resumiré lo que estaba diciendo sobre la caridad sin egoísmo: Dije que había dos tipos de egoísmo; tal vez debiera haber dicho tres. El primero es cuando me doy el gusto de darme gusto; el segundo es cuando me doy el gusto de agradar a los demás. Uno no debe enorgullecerse de eso; no debe creerse una gran persona; es una persona muy ordinaria, pero tiene gustos refinados, sus gustos son buenos, no la calidad de su espiritualidad. Cuando era niño, le gustaba la Coca- Cola, ahora es mayor y le gusta la cerveza fría en un día caluroso. Ahora tiene mejor gusto. Cuando era niño le encantaban los chocolates; ahora que es mayor le gusta una sinfonía, le gusta un poema. Tiene mejor gusto. Pero de todas maneras, está obteniendo su propio placer, con la diferencia de que ahora se trata del placer de agradar a los demás. Luego está un tercer tipo, que es el peor, cuando uno hace algo bueno para no sentirse mal. Lo detesta, está haciendo sacrificios por amor, pero se queja. ¡Ah! Que poco se conoce a sí mismo si cree que no hace las cosas de esta manera.

Si me dieran un dólar cada vez que hago cosas que me hacen sentirme mal, sería millonario. Ustedes saben cómo es:

-¿Podría conversar con usted esta noche, padre?

-Sí, ¡por supuesto! No quiero conversar con él y odio hacerlo. Quiero ver ese programa de televisión esta noche, pero ¿cómo le digo que no?  No tengo el valor para decirle que no. "Por supuesto", y estoy pensando: "¡Dios mío y ahora tengo que aguantármelo!".

(…) Ése es el peor tipo de caridad, cuando uno hace algo para no sentirse mal. No tiene el valor de decir que no quiere que lo molesten. ¡Quiere que la gente piense que es un buen sacerdote! (…). Si somos nosotros los que lastimamos, los demás pensarán mal de nosotros. No nos apreciarán, Hablarán contra nosotros y eso ¡no nos gusta!

(…) Todo lo que hacemos está tocado de egoísmo. No es fácil oír eso. Pero piensen por un minuto, profundicemos un poco más en eso: Si todo lo que ustedes hacen proviene del egoísmo - ilustrado o no- ¿cómo los hace sentir eso a ustedes con respecto a su caridad y a todas sus obras buenas? ¿Qué les pasa a ellas? He aquí un pequeño ejercicio: Piensen en todas las buenas obras que han hecho o en algunas de ellas (porque sólo les voy a dar unos pocos segundos). Ahora comprendan que realmente surgieron del egoísmo supiéranlo ustedes o no. ¿Qué le pasa a su orgullo? ¿Qué le pasa a su vanidad? ¿Qué le pasa a esos agradables sentimientos suyos, a esa palmadita de felicitación en la espalda cada vez que hizo algo que lo hacía sentir tan caritativo? Todo queda aplastado, ¿no es así? ¿Qué le pasa a ese sentimiento de superioridad frente a su vecino a quien usted consideraba tan egoísta? Todo cambia, ¿no es verdad?”

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domingo, 1 de noviembre de 2015

REFLEXIONES DE PILAR G: LA MENTE DEL VIAJERO


Hace unos días estuve viendo algunas fotos de la primera vez que viajé a Roma, de esto hace ya muchos años. Al verlas, recordé con cariño los paseos por sus angostas calles, el barullo de sus abarrotadas plazas, el ruido del agua de sus monumentales fuentes, las interesantes visitas a sus museos, el placer de degustar sus deliciosos helados, las divertidas conversaciones con sus habitantes… Roma es una ciudad llena de encanto que me cautivó desde el primer instante.

Imaginaos que al volver a casa tras mi viaje, me hubiera deprimido por no haberme podido traer a Madrid la Fontana di Trevi, el barrio del Trastévere o el Coliseo, convencida de que sin volver a contemplar esas cosas tan maravillosas nunca lograría ser feliz. 

Esto que puede resultar absurdo es justamente lo que hacemos con todo lo que nos gusta mucho en la vida, es decir, transformamos mágicamente algo placentero y gratificante en algo necesario y, en consecuencia, nos llenamos de ansiedad ante la posibilidad de no conseguirlo, pero aunque lo consigamos, el miedo a perderlo nos impedirá disfrutarlo plenamente. Y si al final acabamos perdiendo eso que creemos necesario para nuestra felicidad, nos deprimiremos.

Gozaríamos de una existencia mucho más relajada si caminásemos por la vida igual que un viajero, es decir, disfrutando al máximo de todo lo que tenemos a nuestro alcance en cada momento, pero sabiendo que en algún día se acabará y que cuando eso ocurra no importará demasiado, porque no lo necesitamos para encontrarnos emocionalmente bien.

En definitiva, es fundamental para nuestra salud mental aprender a coger y, sobre todo aprender a soltar, porque no olvidemos que todo es pasajero y, por lo tanto, debemos fluir con el devenir de las cosas, disfrutando de lo que nos ofrece la vida pero sin aferrarnos neuróticamente a nada ni a nadie. 

domingo, 18 de octubre de 2015

REFLEXIONES DE PILAR G: "EL FELICISMO" DE ALBERT CASALS


Resulta sorprendente la filosofía de vida de Albert Casals en una sociedad como la nuestra, en la que se otorga un valor excesivo a cosas como la estabilidad económica, la comodidad, la salud completa, una vivienda en propiedad, los títulos académicos…

Albert nos demuestra con su ejemplo que nada de eso es necesario para llevar una vida plena y feliz.

A continuación os dejo unos comentarios extraídos de dos entrevistas que reflejan claramente su racional manera de pensar, a la que él mismo denomina “felicismo” y que consiste en hacer lo que a cada uno le haga realmente feliz, ver el lado positivo de las experiencias y aprender de ellas:

“Estudio filosofía para divertirme, no me importa mucho tener una carrera o no tenerla, la verdad, es solo por diversión. Tampoco tengo interés en acabar viviendo con dinero o trabajando, porque he conocido tanta gente y tantas maneras de vivir sin dinero que, en mi caso particular, como tampoco me atrae mucho la comodidad o la estabilidad, tampoco hay motivos. Si me canso de viajar puedo irme a vivir a una ecoaldea o a una comuna autosuficiente. No me preocupa tener una carrera, me preocupa cada día cuando me levanto ser feliz”.


“… la silla es como llevar gafas. Diría que es menos molesto que llevar tacones, quiero decir, puedo subir y bajar escaleras, puedo ir por la selva, por la playa, por todo tipo de terreno, con lo cual, una vez puedes ir por todos sitios… He hecho escalada, siempre me subo a los árboles…, así que una vez puedes hacerlo todo no hay ninguna diferencia”.



domingo, 27 de septiembre de 2015

REFLEXIONES DE PILAR G: LA INDECISIÓN


Recuerdo que hace tiempo  vino a verme a la consulta una chica llamada Isabel. Estaba muy interesada en hacer terapia porque llevaba años con mucho estrés debido, según me contó, a que su puesto de directiva en una importante empresa le exigía una gran responsabilidad y estaba sometida a mucha presión. A esto había que añadirle la difícil situación familiar por la que estaba atravesando desde hacía más de un año, a causa de un largo y complicado proceso de divorcio.

Le expliqué en esa primera consulta en qué consiste la terapia cognitiva y ella, pese a que había recabado mucha información sobre esta terapia antes de venir a verme, me formuló innumerables e insistentes preguntas al respecto: la duración de la misma, el método que se empleaba, en qué consistían las tareas para casa, la eficacia del tratamiento…

Me comentó que había  indagado sobre muchas de las terapias que existían y que había concertado citas con varios psicólogos, pero que ninguna de las terapias le acababa de convencer, unas porque eran excesivamente largas, otras por estar demasiado centradas en el pasado…

Cuando terminamos la sesión, Isabel me dijo que debía marcharse de viaje un par de semanas a Sudamérica por temas de trabajo y que a su vuelta se pondría en contacto conmigo para empezar la terapia. Como era de esperar, nunca me llamó.

Isabel llevaba años investigando sobre psicología y sobre posibles terapias,  se había convertido en una auténtica experta en el tema, pero su miedo a no elegir la terapia adecuada, hacía que nunca se decidiera a empezar ninguna. No me lo dijo, pero seguramente consideraba catastrófico hacer una terapia que finalmente no acabara con su sufrimiento.

Hay muchas personas que, como Isabel, son incapaces de tomar cualquier tipo de decisión ya que creen que serían terribles las consecuencias de no hacer la elección correcta. Así, cualquier pequeña decisión, como por ejemplo, comprar o no unos zapatos, se puede convertir en un gran dilema existencial.

Hay quienes desean adquirir una casa y se pasan años visitando y descartando montones de viviendas en venta, sin acabar de lanzarse a comprar una. Creen que sería un auténtico drama decantarse por una casa y darse cuenta después de que no era la casa ideal.

No son menos frecuentes los casos de personas con pareja que mantienen a la vez una aventura amorosa. Es típico que estas personas vivan con la duda permanente de no saber si continuar con su compañero sentimental o romper la relación e iniciar una nueva vida con el amante. Están convencidos de que sería realmente horrible elegir a la persona equivocada.

Antes de tomar una decisión, es conveniente hacer un análisis de pros y contras de las diferentes opciones pero sin exagerar las posibles consecuencias negativas que se deriven de cada una de ellas. Recordemos que no hay prácticamente nada terrible en esta vida y que nuestro bienestar emocional no depende de la elección de una casa o de una pareja. Podemos ser felices en cualquier casa y con cualquier persona, siempre y cuando pensemos de manera racional y lógica, esto es lo verdaderamente importante.

Ninguna decisión es 100% buena ni 100% mala, la vida no es como un concurso de televisión, en el que si eliges una tarjeta te llevas un apartamento en la playa y si eliges otra vuelves a tu casa con las manos vacías, porque aunque tomemos una mala decisión, siempre podremos extraer algo positivo de ella.

Una decisión poco acertada nos da la posibilidad de aprender. Es decir, que equivocarnos no es un problema, ya que los errores no son fracasos sino excelentes lecciones que favorecen nuestro crecimiento personal. Ya lo decía Thomas Edison después de llevar a cabo centenares de intentos antes de inventar la bombilla: “No fracasé, solo descubrí 999 maneras de cómo no hacer una bombilla”.


domingo, 13 de septiembre de 2015

REFLEXIONES DE PILAR G: LAS RESPONSABILIDADES FAMILIARES


“La familia Bélier” (2014),  es una entretenida película francesa en la que, desde el punto de vista psicológico, se aborda un tema muy interesante: las consecuencias de asumir, en el entorno familiar, responsabilidades que corresponden a otros.

Esta simpática familia está compuesta por un matrimonio y sus dos hijos adolescentes, de todos ellos, la única que no es sordomuda es Paula, que así se llama la joven protagonista.

La acción se desarrolla en  un pequeño pueblo de la campiña francesa, donde los Bélier tienen una granja, de cuya explotación provienen los ingresos de la familia. Paula sirve de puente comunicativo entre su familia y el mundo exterior, y sus padres recurren a ella para realizar cualquier gestión, ya sea personal o relacionada con el negocio, hasta tal punto eso es así, que no conciben la idea de poder desenvolverse en la vida sin su hija.

La joven, siempre dispuesta a ayudar a su familia, se desvive por hacer más cómoda la vida a sus padres, pero lo que ha conseguido es que éstos se conviertan en personas completamente dependientes e incapaces de dar un paso sin ella.

Un buen día el profesor de canto de Paula, descubre que la chica tiene una maravillosa voz y le anima a presentarse a un concurso de Radio France, si lo gana tendría que dejar su casa y trasladarse a París para vivir allí durante un año.

Paula no quiere quedarse trabajando en la granja familiar, pero si cumple su deseo de marcharse a París para desarrollar su talento, se sentirá culpable y si se queda en el pueblo con su familia, el sentimiento de culpa será sustituido por el de resentimiento hacia sus padres.

Cuando Paula comenta con una amiga sus dudas acerca de la decisión que debe tomar, la amiga le recuerda que sus padres ya estaban aquí mucho antes de que ella llegara a este mundo, y que, por lo tanto, podrían arreglárselas perfectamente sin ella.

Lo que le ocurre a Paula con su familia, nos suele pasar a muchos de nosotros con aquellos que consideramos, por algún motivo, más débiles (hijos pequeños o adolescentes, padres muy mayores, personas con alguna discapacidad…). Cuando se les presenta cualquier adversidad, ahí estamos nosotros intentando hacer todo lo posible para resolver su problema, actuamos así porque pensamos que son incapaces de afrontar sus propias dificultades o porque les va a costar demasiado hacerlo.

Sin embargo, tanta sobreprotección y ayuda, lejos de beneficiarles, les perjudica a medio y largo plazo, ya que se van haciendo personas cada vez más incapaces y dependientes.

A veces, al igual que Paula, creemos que tenemos el poder (y la obligación) de hacer felices a los demás, y cuando no cumplimos con esa autoexigencia, aparece la culpa, nos acusamos de ser malos hijos, malos padres, malos hermanos…, así que para que ese sentimiento de culpa desaparezca, decidimos prestar nuestra ayuda, aunque nos suponga mucho sacrificio y no nos apetezca hacerlo.

Es poco realista y muy pretencioso pensar que con nuestras acciones podemos hacer feliz a alguien. Podríamos invertir todo nuestro tiempo y energía en colmarle de atenciones y de comodidades, que lo único que conseguiríamos es que su vida fuera un poco más cómoda pero nunca lograríamos hacerle feliz, si no lo es ya. Esto es así, porque el bienestar emocional no radica en tener una vida más fácil, sino en tener un diálogo interno racional, y no olvidemos que eso es responsabilidad de cada uno.

Lo mejor que podemos hacer, por nosotros y por los demás, es procurar estar emocionalmente todo lo bien que podamos, porque de esta manera podremos aportar mucho a los que nos rodean, si nos estamos ahogando poco podremos hacer para salvar a alguien que también se ahoga a nuestro lado.

Esto no significa que nos centremos solo y exclusivamente en nosotros y que no nos interesemos por nadie, podemos prestar nuestro apoyo cuando sea necesario y estar pendientes de los demás, pero sin hacerles dependientes. Conviene que, siempre que sea posible, sean ellos mismos los que hagan frente a sus adversidades, de esta manera desarrollarán las habilidades necesarias para ello, aumentarán su capacidad de aprendizaje y serán, por tanto, más resolutivos e independientes, tanto práctica como emocionalmente.



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martes, 8 de septiembre de 2015

REFLEXIONES DE PILAR G: SABER VIVIR, SABER ENVEJECER

Recuerdo que hace algún tiempo, fui con mis padres a la residencia en la que estaba mi abuela. Ese día, por casualidad, conocimos a un matrimonio muy mayor (ella tenía 91 y él 93). El hombre estaba, aparentemente, bastante en forma a pesar de la avanzada edad, ella en cambio, tenía serias dificultades para caminar y necesitaba utilizar una silla de ruedas para desplazarse.

Se acercaron a nosotros y empezamos a charlar. Nos contaron que llevaban muy pocos días viviendo en la residencia, por lo que, de momento, no conocían a mucha gente allí. Tras un rato de conversación, nos dijeron que él había trabajado durante toda su vida en una importante compañía aérea y eso les había permitido viajar muchísimo por todo el mundo. Recordaron anécdotas de sus viajes y narraron toda clase de historias divertidas sobre la gente que habían tenido la oportunidad de conocer a lo largo de sus largas vidas. Lo cierto es que pasamos una tarde muy agradable con esta pareja tan entrañable y jovial.

De repente la mujer dijo: “La verdad es que hemos disfrutado mucho de la vida, pero no echo de menos aquellos tiempos. Ahora hay que vivir lo que nos toca en este momento”. Eran conscientes de que, a pesar de su vitalidad, su estado ya no les permitía hacer grandes viajes ni asistir a fiestas hasta altas horas de la madruga como hacían cuando eran jóvenes, pero habían decidido ajustar sus vidas a sus limitaciones actuales, sin dejar de aprovechar cada oportunidad que la vida les brindaba y sin quejarse de nada. En estos momentos de su vida seguían disfrutando de multitud de cosas: de un tranquilo paseo, de una buena película, de la compañía de su pareja, de una interesante conversación, de una amena lectura, de la visita de un familiar, de hacer nuevas amistades en la residencia, de una mañana soleada en el jardín, de una partida de dominó...

En general nos aterra envejecer porque imaginamos que cuando lleguemos a mayores estaremos tan achacosos que no podremos disfrutar de nada, asociamos vejez con decadencia física e intelectual, y si bien es cierto que con la edad vamos perdiendo salud, no es menos verdad que ni la enfermedad ni la juventud tienen demasiado que ver con la felicidadHay quienes con veinte años y con una salud de hierro no disfrutan en absoluto de la vida y hay quienes con noventa y tantos, como el matrimonio de la residencia, llevan una vida intensa y feliz. Creer que envejecer o estar enfermos nos privará de una vida plena e interesante, además de no ser cierto, solo nos producirá angustia porque no está en nuestras manos ni detener el tiempo ni evitar enfermar en algún momento de nuestra vida.

Debemos asumir que a medida que vayamos cumpliendo años, habrá cosas a las que tendremos que renunciar, por ejemplo, aunque hayamos practicado deporte toda nuestra vida y conservemos una excelente forma física, no podremos pretender con una edad muy avanzada cruzar a nado el Amazonas o escalar el Everest. De nada sirve resistirnos al inevitable paso del tiempo, lamentamos por envejecer y por no poder realizar determinadas actividades, además de ser absurdo, nos llena de amargura. Lo sano es aceptarlo y centrarnos en disfrutar de todo lo que, dentro de nuestras posibilidades, sí podemos hacer.

La edad es irrelevante, lo realmente importante es mantener el entusiasmo, la pasión, la curiosidad y el interés por la vida, ese es el verdadero elixir de la juventud. Hemos de procurar, a cualquier edad, llevar a cabo proyectos que nos apasionen, disfrutar de antiguas aficiones y descubrir otras nuevas, hacer cosas artísticas, ayudar y colaborar con los demás, cuidar y ampliar las relaciones personales, aprender nuevos conocimientos y divertirnos cuanto podamos hasta el último día de nuestra existencia. ¿Cuánta gente joven conocemos incapaz de gozar así de la vida?

No quisiera terminar este post sin recordar un fragmento de una entrevista que en el congreso "Lo que de verdad importa" hicieron a Philippe Pozzo di Borgo (aristócrata francés tetrapléjico a causa de un accidente de parapente y cuya vida inspiró la película “Intocable”). Cuando le preguntaron si pensaba que la vida era bella, él contestó: "La vida es bella, está claro. Oí en la radio un periodista que hacía preguntas a una mujer de 98 años, y que no era muy listo, le decía: "Señora, ¿no está harta de vivir?", a lo que la mujer contestó: "Me gusta el sabor del café por la mañana en el desayuno". Y me parece que es una hermosa respuesta". Esta filosofía es la que nos permitirá vivir con plenitud cada uno de los instantes de nuestra vida, independientemente de la edad que tengamos.

Lo triste no es envejecer, sino no haber vivido nunca con intensidad y pasión. Empecemos hoy mismo a disfrutar de la vida como si fuera el último día de nuestra existencia.

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domingo, 30 de agosto de 2015

REFLEXIONES DE PILAR G: LA ESTACIÓN FANTASMA


A pesar de conocer su existencia y de haber pasado miles de veces por la “estación fantasma” del metro de Madrid, hasta hoy no la he visto. Denominan así a la antigua estación que se encuentra entre ente las paradas de Iglesia y Bilbao.

Chamberí, que así es como se llama dicha estación, fue inaugurada a principios del siglo XX y, por diferentes motivos, lleva varias décadas cerrada. Tanto su diseño original, propio de las estaciones parisinas de la época, como su tenue iluminación, le dan cierto halo de misterio. Lo cierto es que es una estación realmente preciosa que posee algo único y mágico que el resto de estaciones no tienen.

¿Cómo es posible que con la cantidad de veces que he pasado por ahí, nunca haya reparado en esa estación? Por la sencilla razón de que hoy, a diferencia de otros días, se han dado dos circunstancias que han hecho posible que pudiera contemplar por unos instantes esa maravillosa estación.

Por un lado, hoy yo iba atenta a lo que me rodeaba, como por ejemplo, a los otros pasajeros de mi vagón, a los carteles publicitarios de los andenes, a los músicos que ofrecen su arte a los viajeros a cambio de unas monedas…, por lo general, en mis trayectos voy tan absorta en alguna lectura o distraída con mis pensamientos que apenas soy consciente de todo eso. Y, por otro lado, hoy el metro atravesó esa estación a una velocidad muy reducida, tanto que casi se detuvo en ella.

En muchas ocasiones, la falta de atención y las prisas hacen que nos pasen desapercibidas muchas oportunidades de disfrutar de la vida. Lo que con más frecuencia nos distrae del momento presente es viajar mentalmente al pasado para lamentarnos por acontecimientos que ocurrieron hace tiempo y al futuro para preocuparnos por sucesos que muchas veces escapan de nuestro control y/o que nunca llegarán a pasar. Esto unido al hecho de ir siempre corriendo de un lado para otro y de actividad en actividad, hace difícil poder centrarnos en cada uno de los instantes que vivimos y, por tanto, disfrutar plenamente de todos ellos.

En definitiva, tener una mente centrada en el aquí y ahora, y frenar nuestro ritmo de vida, nos ayudará a ser más conscientes de la realidad que nos rodea y a disfrutar más intensamente de ella.

sábado, 1 de agosto de 2015

REFLEXIONES DE PILAR G: CULPABLES POR SENTIRNOS MAL


Hace poco escuché la siguiente frase: “La gente normal no tiene problemas de ansiedad, ni ataques de pánico, ni depresión, ni nada de eso”. Según esta afirmación, he de confesar que no he conocido nunca a nadie normal, porque todas las personas con las que he tenido contacto a lo largo de mi vida, han experimentado, en algún u otro momento, depresión, ansiedad, culpa, vergüenza, rabia, pánico… Quien esté libre de emociones negativas insanas que tire la primera piedra.

Todos los seres humanos tenemos una tendencia innata a convertir mágicamente en necesario todo aquello que nos gusta mucho. De ahí provienen todos los malestares exagerados o emociones negativas insanas, por lo tanto, es difícil, por no decir imposible, no perturbarnos jamás.

Es deseable no tener problemas emocionales, pero si convertimos en necesidad ese deseo, habrá momentos en los que tengamos una doble perturbación: la ansiedad, la depresión, la ira…, y la culpa por tener esas emociones que pensamos que como personas cuerdas no deberíamos tener. Añadiremos, por tanto, sufrimiento al sufrimiento inicial.

La exigencia rígida y dogmática de estar siempre emocionalmente bien no va a impedir que en algún momento tengamos un problema emocional. Cuando esto ocurra, la exigencia de estar bien hará que nos parezca catastrófico el hecho de estar mal y, en consecuencia, pensaremos que es una debilidad nuestra y que somos seres defectuosos porque a las personas normales eso no les pasa. De tal manera que nos condenaremos y nos mortificaremos sin piedad.

Hay que restar importancia a estar mal, a todo el mundo le pasa y tampoco es el fin del mundo. Está claro que no es agradable tener ansiedad o estar deprimido, pero no es horrible. Aunque sea incómodo, lo podemos soportar tal y como hemos hecho en muchas otras ocasiones a lo largo de nuestra vida.

Nosotros somos mucho más que esa alteración emocional, es decir, que aunque estemos mal podemos hacerlo todo prácticamente igual. Es más, aunque ese malestar nos acompañara hasta el final de nuestros días, podríamos llevar una vida razonablemente feliz y plena.

Juan Ramón Jiménez es un buen ejemplo de esto. Durante toda su vida padeció innumerables depresiones que le obligarion a permanecer ingresado en diferentes sanatorios, a pesar de eso tuvo una vida provechosa. El escritor viajó, tuvo varias aventuras amorosas, conoció a gente muy interesante y creó una fantástica obra literaria.

Sentirnos culpables por perturbarnos, es como castigarnos por tener un resfriado y creer que somos seres con alguna tara por estar enfermos. No es lo deseable tener ansiedad como tampoco lo es tener una infección, pero el ser humano por el hecho de serlo, es susceptible de perturbarse y de enfermar. 

Al igual que cuidamos nuestra salud física para enfermar lo menos posible, también podemos reducir la probabilidad de perturbarnos manteniendo un diálogo interno racional. Pero por muy fuertes que estemos física y emocionalmente no estamos completamente exentos de contraer una enfermedad o de alterarnos porque eso está en la naturaleza del ser humano.

No veamos nuestra perturbación como algo terrible, sino como algo normal que forma parte de la vida y que además nos da la oportunidad de conocernos mejor y de fortalecernos emocionalmentePor muy bien que aprendamos a andar nos podemos caer, así que cuando eso ocurra, no nos quedaremos en el suelo lamentándonos y fustigándonos, sino que nos levantaremos y seguiremos nuestro camino.

lunes, 27 de julio de 2015

REFLEXIONES DE PILAR G: LOS FANTASMAS DEL PASADO


Mucha gente piensa que si en el pasado te ocurrió algo muy malo, es imposible cerrar esa herida y, por tanto, el sufrimiento te acompañará el resto de tu vida impidiéndote ser feliz.

No cabe duda de que lo que nos sucede en el pasado tiene influencia en el presente pero no lo determina. Lo que impulsa una lancha motora no es la estela que deja tras de sí en el agua, sino el motor.

Imaginemos que en nuestra infancia hemos vivido una experiencia totalmente indeseable que nos hizo sufrir mucho en aquel momento. En el presente tenemos dos opciones:

La primera es seguir manteniendo los pensamientos irracionales acerca del suceso del pasado y repetirnos una y otra vez: "Eso que me pasó fue terrible, no debería haber sucedido nunca, no puedo soportarlo, las personas que me causaron tanto dolor son malvadas, odiosas y merecen ser duramente castigadas...".

A consecuencia de esa forma de pensar, alimentamos las emociones negativas insanas como la rabia, el odio y el resentimiento, y mantenemos vivo el dolor.

La segunda opción es cambiar el diálogo interno irracional por otro racional: "Lo que me sucedió fue algo realmente desafortunado y hubiera preferido que nunca hubiese ocurrido. Aun así lo puedo soportar, de hecho he sobrevivido a ello. Lo que hicieron conmigo fue acto despreciable, pero entiendo que el ser humano es imperfecto y falla muy a menudo...".

Si pensamos de manera lógica y racional, nos liberamos del sufrimiento porque nuestras emociones negativas insanas se transformarán en otras también negativas pero sanas: enfado, disgusto, decepción, molestia, irritación..., y nuestras conductas serán mucho más funcionales.

En definitiva, lo importante no es lo que sucedió, sino lo que nos decimos a nosotros mismos en la actualidad acerca de ese acontecimiento del pasado, y en función de lo que nos digamos, así sentiremos.

Es fundamental aceptar lo sucedido, esto es, saber que a pesar de esa lamentable vivencia podemos ser felices y disfrutar mucho de la vida, siempre y cuando la empleemos para aprender y evolucionar como personas, y no para vivir desde el victimismo y el rencor.

Hemos podido aguantar aquello que nos sucedió, eso nos demuestra que somos emocionalmente fuertes y capaces de soportar hasta las situaciones más difíciles. Seguramente en el momento en que lo vivimos, nuestra capacidad de disfrutar de muchas cosas se vio disminuida pero aquello ya pasó y ahora, a no ser que nosotros mismos nos lo impidamos, podemos disfrutar plenamente de la vida.

El tiempo del que disponemos es demasiado escaso como para malgastarlo rememorando constantemente el pasado y preguntándonos cómo seríamos ahora nosotros o nuestra vida si hubiésemos tenido otras vivencias. El pasado ya es historia, fue como tuvo que ser y por mucho que queramos no vamos a conseguir mejorarlo, pero lo que sí podemos hacer en el presente es trabajar para reducir nuestro malestar, porque nosotros somos los responsables de nuestras emociones y no aquel suceso del pasado.

Podemos ver las malas experiencias del pasado como un pesado lastre que interfiere en nuestra felicidad presente y futura o como un medio que nos permitió desarrollar nuevas habilidades y crecer como personas. Pero para verlas como un aprendizaje tenemos que sacar, aunque nos cueste, el lado positivo de esas experiencias negativas.

Un ejemplo de esto es la historia de una psicóloga que decidió crear una fundación para ayudar a prevenir y tratar el abuso sexual infantil. Tomó esta decisión a raíz de descubrir que su hijo había sufrido este tipo de abusos. Este niño, hoy en día adolescente, recuerda con disgusto su experiencia pero a la vez reconoce que si esto no le hubiese ocurrido, su madre no hubiera ayudado durante años a muchísimos niños que han pasado por su misma situación.

Merece la pena que, en lugar de quedarnos atrapados en el pasado, disfrutemos y vivamos el único tiempo del que disponemos, el presente. 

domingo, 12 de julio de 2015

REFLEXIONES DE PILAR G: DISFRUTAR EL PRESENTE


A menudo cuando se habla de vivir el momento presente se confunde la idea de disfrutar el aquí y ahora con el hedonismo a corto plazo, pero se trata de dos conceptos bastante distintos.

Cuando hablamos de hedonismo a corto plazo, nos referimos a la tendencia que todos tenemos a buscar el placer inmediato y a evitar el dolor. Esta tendencia, salvo que seamos masoquistas, es completamente normal, sin embargo, es importante hacerlo sin perder de vista el futuro, porque a lo mejor eso que nos proporciona tanta gratificación ahora, a largo plazo tiene consecuencias que nos perjudican.

Muchos se dejan arrastrar por la satisfacción inmediata, porque piensan que hay que vivir a tope el momento presente, ya que a lo mejor mañana están muertos. Puede que estén en lo cierto, pero también es posible que lleguen a vivir más de lo previsto, así que, por si acaso, disfrutemos con moderación de aquello que nos gusta y hagamos un balance coste-beneficio a largo plazo.

A mí, por ejemplo, me encantan los dulces, pero si todos los días me atiborro a pasteles, llegará un momento que ya no me produzcan placer y que mi salud se vea seriamente perjudicada, por tanto, el coste a largo plazo será muy alto y no obtendré ningún beneficio. Lo ideal sería que tomase un pastel de vez en cuando, así no me saturaré y podré seguir disfrutando mucho tiempo del placer que me produce, además mi salud lo agradecerá.

Por otro lado, disfrutar el aquí y ahora, es centrar toda nuestra atención en lo que estamos haciendo en el momento presente con el fin de apreciarlo y disfrutarlo con intensidad. Eso supone estar con los cinco sentidos y toda nuestra energía puestos en lo que nos ocupa en cada instante y no pensando en lo que hicimos ayer ni en lo que tendemos que hacer dentro de unas horas, mañana o dentro de un mes.

Por ejemplo, si estoy hablando con un amigo por teléfono, para disfrutar plenamente de la conversación tendré que estar concentrada por completo en lo que me está contando y en lo que yo le estoy contando a él. No puedo disfrutar de la misma manera si a la vez pienso en lo que he dejado pendiente en el trabajo o en los recados que tengo que hacer mañana por la tarde. Y si a eso añadimos que mientras hablo por teléfono, estoy conduciendo, trabajando o haciendo la compra, la distracción aumenta y el disfrute se reduce mucho más.

No pensar en lo que haremos más tarde no significa que no podamos dedicar tiempo, por ejemplo, a crear un nuevo proyecto de trabajo o a planificar las próximas vacaciones. Disfrutaremos enormemente de esto, siempre y cuando estemos centrados al cien por cien en lo que estamos haciendo en ese preciso instante, es decir, en crear o en planificar.

Pero, sin duda, lo que más interfiere a la hora de disfrutar el aquí y ahora es quedarnos atrapados en el pasado, sintiéndonos culpables, avergonzados o victimas de lo que ocurrió hace tiempo, y anticipar con ansiedad posibles desgracias futuras. Cuanto más vulnerables y emocionalmente débiles nos encontremos, más tiempo pasaremos en el pasado y en el futuro, y menos permanecemos en el presente.

Por tanto, son síntomas de buena salud mental vivir cualquier tarea que estemos llevando a cabo en el momento presente con atención, plenitud, entusiasmo e intensidad, y apostar por un hedonismo a largo plazo, en lugar de pensar solo y exclusivamente en obtener placer inmediato sin considerar las consecuencias negativas a largo plazo.


domingo, 21 de junio de 2015

REFLEXIONES DE PILAR G: QUÉ ES SER POBRE?


Esta historia nos muestra que lo que hace verdaderamente rico a un hombre no es tener posesiones, sino tener la capacidad de apreciar y disfrutar las pequeñas cosas, de amar a los demás y de vivir en consonancia con la naturaleza. 

No olvidemos que no es más rico el que más tiene sino el que menos necesita. 

El rico industrial del Norte se horrorizó cuando vio a un pescador del Sur tranquilamente recostado contra su barca y fumando una pipa.

“¿Por qué no has salido a pescar?”, le preguntó el industrial.

“Porque ya he pescado bastante por hoy”, respondió el pescador.

“¿Y por qué no pescas más de lo que necesitas?”, insistió el industrial.

“¿Y qué iba a hacer con ello?”, preguntó a su vez el pescador.

“Ganarías más dinero”, fue la respuesta. “De ese modo podrías poner un motor a tu barca. Entonces podrías ir a aguas más profundas y pescar más peces. Entonces ganarías lo suficiente para comprarte unas redes de nylon, con las que obtendrías más peces y más dinero. Pronto ganarías para tener dos barcas... y hasta una verdadera flota. Entonces serías rico, como yo”.

“¿Y qué haría entonces?”, preguntó de nuevo el pescador.

“Podrías sentarte y disfrutar de la vida”, respondió el industrial.

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miércoles, 10 de junio de 2015

REFLEXIONES DE PILAR G: HEDONISMO SÍ, PERO A LARGO PLAZO


El famoso cuento de "Los tres cerditos" narra la historia de tres cerditos hermanos que vivían en el bosque, hartos de que el lobo les persiguiera para comérselos, decidieron construir cada uno una casa en la que poder permanecer a salvo.

El primero la fabricó de paja, así terminaría pronto y podría irse al bosque a divertirse, el segundo decidió utilizar madera para no entretenerse demasiado e irse a jugar con su hermano y el tercero se esforzó por hacerla de ladrillo para que fuera fuerte y resistente.

Un buen día, el lobo apareció dispuesto a darse un buen festín a costa de los tres hermanos y una vez que estuvo frente a sus casas, sopló, sopló y sopló. No tardó en destruir la de paja y la de madera, entonces los dos cerditos aterrorizados se escondieron en la casa de ladrillo de su hermano.

El lobo intentó derribar la casa de ladrillo pero como no lo conseguía, entró por la chimenea, allí había un caldero con agua hirviendo donde cayó. Salió huyendo escaldado y nunca más volvió a molestarles.

Es evidente que a los dos cerditos que construyeron las casas de paja y de madera les parecía terrible e insoportable la incomodidad de construir una casa más resistente y por eso decidieron dedicar poco tiempo y esfuerzo a trabajar en sus casas e irse a jugar.

Al igual que ellos, muchos de nosotros también tenemos muy poca tolerancia a la incomodidad y de ahí se derivan consecuencias negativas, tanto emocionales (ansiedad, depresión ira...), como conductuales (evitación, escape, procrastinación, adicciones, impulsividad, hedonismo a corto plazo...).

El ser humano tiende a un hedonismo a corto plazo, es decir, que opta por la satisfacción inmediata a sabiendas de que si renunciara a ella en el presente, podría obtener una recompensa mayor en el futuro.

Algunas de las cosas que nos proporcionan placer a corto plazo nos perjudican de alguna manera a largo plazo. No reparamos en sus consecuencias futuras porque pensamos: "¿Por qué voy a dejar de hacer lo que me gusta aunque me perjudique o por qué voy a hacer algo que detesto aunque me beneficie si la vida son cuatro días? ¡¡Tengo que disfrutarla!!".

La cuestión es que a lo mejor en lugar de vivir solo cuatro días, tenemos cuerda para rato y vivimos cuatro décadas más. Buscar exclusivamente la gratificación inmediata, hace que se refuerce y se consolide nuestra incapacidad de aguantar cualquier incomodidad.

No se trata de renunciar a todos los placeres que nos ofrece la vida y llevar una existencia totalmente austera, sino de disfrutar con moderación en el presente pero con un ojo puesto en el futuro. Si soy diabético y me doy atracones de pasteles, quizá me convendría pensar no solo en el placer que obtengo en el presente sino también en que esa conducta me va a perjudicar a medio y largo plazo.

A veces no queda más remedio que esforzarse y/o pasar cierta incomodidad para disfrutar tiempo después de una ganancia mayor: estudiar para aprobar un examen, hacer ejercicio para estar en forma, pasar un poco de hambre para adelgazar, seguir un tratamiento para superar una enfermedad, hacer terapia para aumentar la fortaleza emocional...

Si vivimos instalados en el hedonismo a corto plazo, solo veremos la incomodidad que en el momento actual conlleva cualquiera de estos propósitos y seremos incapaces de ver las ventajas a largo plazo. Nos quejaremos constantemente del esfuerzo sobrehumano que tenemos que hacer y de lo difícil que nos resulta seguir el régimen, ir al gimnasio... Posiblemente procrastinaremos y finalmente es muy probable que acabemos abandonando.

Conviene, por lo tanto, apostar por el hedonismo a largo plazo, tal y como hizo el cerdito que construyó la casa de ladrillo, él no fue a divertirse con sus hermanos en ese momento porque prefirió invertir tiempo y esfuerzo en construir una casa que le proporcionara seguridad a largo plazo.

Vivir pensando exclusivamente en la satisfacción inmediata nos acarreará sufrimiento a largo plazo. Sin embargo, si apostamos por un hedonismo a largo plazo nos convertiremos en personas fuertes capaces afrontar las situaciones incómodas y frustrantes propias de la vida y, por tanto, sufriremos menos y disfrutaremos más.

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lunes, 1 de junio de 2015

REFLEXIONES DE PILAR G: LA INCERTIDUMBRE


En este mundo no existen certezas absolutas ni garantías de nada, salvo de que tarde o temprano moriremos. La muerte es lo único que todos tenemos garantizado desde el momento en que nacemos.

No hay certidumbre en nuestro día a día, desconocemos si en algún momento perderemos el trabajo, si nuestra pareja nos dejará, en qué momento enfermaremos, si volveremos a padecer la misma enfermedad que hace tiempo superamos, si sufriremos un accidente... Nadie nos puede garantizar que algo sucederá o que no sucederá.

De igual manera, tampoco hay certidumbre a nivel cósmico. Los científicos afirman que navegamos por el espacio sin ninguna seguridad, no nos pueden garantizar que uno de los muchos meteoritos o asteroides que existen no impacte algún día contra la tierra haciendo que ésta desaparezca. Aunque los expertos sean capaces de predecir este hecho, dudan que puedan impedir que suceda.


En la vida no hay certezas absolutas, pero sí probabilidades, lo que pasa es que cuando algo nos da mucho miedo no contemplamos las probabilidades reales de que eso suceda, el temor hace que veamos lo posible como muy probable. Si me aterra viajar en avión, por mucho que las estadísticas me confirmen que es el medio de transporte más seguro,  transformaré la posibilidad de tener un accidente aéreo en algo muy probable. Hay que intentar ser realistas y manejar las probabilidades de que algo suceda.

Es irracional pensar que necesitamos una vida exenta de incertidumbre para vivir felices. Si nos dijeran que tenemos que pasar una semana sin oxígeno o sin agua, ninguno de nosotros sobreviviríamos mucho tiempo, pero si de lo que tenemos que prescindir es de la certidumbre, podríamos pasar perfectamente sin ella el resto de nuestra existencia, por tanto, no se trata de ninguna necesidad.

Millones de personas en el mundo viven felices a pesar de no contar con certezas absolutas y, hasta la fecha, nadie ha muerto de incertidumbre. Por mucho que en algunos momentos pueda resultarnos un poco incómoda, en ningún caso la incertidumbre es insoportable ni terrible. Incluso no saber lo que nos sucederá mañana hace que la vida sea más emocionante.

Imaginaos que al nacer nos dieran a cada uno de nosotros un diario con todos los acontecimientos que nos ocurrirán a lo largo de nuestra vida y la fecha exacta en que sucederán (incluida la fecha de nuestra muerte). La vida perdería gran parte de su encanto, sería como ver una película después de que nos hubieran informado de su duración y nos hubieran contado con todo lujo de detalles el argumento y el final.

Preocuparnos por hechos que en un futuro podrían ocurrir y que escapan de nuestro control, no solo no aumenta nuestro control sobre ellos, sino nos llena de ansiedad y nos hace perder tiempo y energía que bien podríamos emplear para realizar cosas provechosas en el momento presente y disfrutar de ellas.

La paz interior pasa por aceptar la incertidumbre y aprender a convivir con ella, para lo cual es importante convencernos en profundidad de que, a pesar de la ausencia de certezas absolutas, podemos ser felices y cuando sucedan las cosas, si es que llegan a suceder, ya nos ocuparemos de ellas.

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domingo, 24 de mayo de 2015

REFLEXIONES DE PILAR G: LOS OJOS DEL ALMA


“El que ha estado alguna vez en la India no con los ojos, por ejemplo en un viaje de placer a bordo de un trasatlántico de lujo, sino con el alma, guarda de este país una nostalgia que al menor recuerdo o signo vuelve a reavivarse”. Hermann Hesse 

La India es uno de esoslugares que si visitas sólo con los sentidos puede fácilmente producir rechazo: el desagradable olor que te acompaña casi constantemente, el calor asfixiante que apenas te permite respirar, la suciedad allá donde vayas, la altísima contaminación, la comida terriblemente picante, el hacinamiento en las grandes ciudades, el ensordecedor ruido de miles de coches pitando continuamente…

El viajero que se queda en lo superficial regresará a su casa completamente desencantado y sin ganas de repetir la experiencia, pero si se visita el país con el alma, como dice Hermann Hesse, todo se torna diferente.

Visitar con el alma significa tener abiertos no solo los ojos, sino también la mente, despojándola de prejuicios, de esta manera nos abriremos a cualquier vivencia, porque la única forma de disfrutar de la estancia en un país como la India es estando abiertos a las sorpresas, buenas y malas, a lo insólito y a lo impredecible. Viviendo cada pequeña experiencia como un gran aprendizaje.

Solo al trascender lo estrictamente superfluo, la India se siente y se vive de verdad. Es entonces cuando disfrutaremos del buen carácter y de la hospitalidad de sus gentes; son comunicativos, muy tranquilos (casi rozando la indolencia) y amables, y no crispados e irritables como los occidentales.

También conoceremos aspectos muy curiosos de su cultura, como las animadas bodas a las que, aunque no te conozcan, es muy probable que seas invitado por la familia de los novios, el colorido de las ropas y los abalorios de las mujeres, los sorprendentes ritos de los fieles en los templos, el entusiasmo con el que disfrutan de una película en una sala de cine, el arte para cruzar las calles esquivando coches que no paran por nada del mundo, la forma en que viven y se ganan la vida los millones de personas que habitan en los slums.

Además tendremos la oportunidad de descubrir la belleza de los paisajes, de los templos, de las mezquitas, de las iglesias, de los edificios coloniales, de las cuevas excavadas…

Si nos quedamos con los aspectos negativos más evidentes de este país nos seremos capaces de apreciar todas las cosas maravillosas que posee, pero no tenemos que viajar hasta la India para actuar así, lamentablemente en nuestro día a día muchas veces nos limitamos a lo superficial (etiquetas absurdas, prejuicios…) y nos perdemos lo importante y esencial de la vida y de las personas.

Nuestra existencia será mucho más enriquecedora e interesante si intentamos ver más allá, o lo que es lo mismo: mirar con el alma.

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domingo, 17 de mayo de 2015

REFLEXIONES DE PILAR G: UNA VIDA SIN QUEJAS

"

Demasiada gente pasa por la vida quejándose de sus problemas. Yo siempre he creído que si la gente invirtiera una décima parte de la energía que malgasta en quejarse en resolver el problema, les sorprendería descubrir lo bien que pueden funcionar las cosas. 

A lo largo de mi vida he conocido a algunas personas fantásticas que nunca se quejaban. Una de ellas era Sandy Blatt, mi casero de posgrado. De joven un caminón le había golpeado marcha atrás mientras descargaba unas cajas en una bodega. Sandy había caído de espaldas por las escaleras de la bodega. Cuando le pregunté lo larga que había sido la caída, se limitó a responder: "Lo suficiente". Se pasó el resto de su vida tetrapléjico. 

Sandy había sido un gran atleta y en el momento del accidente estaba prometido en matrimonio. Como no quería ser una carga para la novia, le dijo a su prometida: "No te comprometiste a esto. Si quieres echarte atrás lo entenderá. Puedes irte en paz". Y ella se fue. 

Conocí a Sandy cuando el hombre tenía treinta y pico años y me maravilló su actitud. Desprendía un aura de tío que no se queja. Había trabajado mucho y se había sacado el título de consejero matrimonial. Se había casado y adoptado niños. Y cuando hablaba de cuestiones médicas, lo hacía siempre con total naturalidad. Una vez me explicó que para los tetrapléjicos los cambios de temperatura son especialmente duros porque no tiemblan. Así que me pedía que le pasara una manta y punto.

 Puede que mi anti-quejas preferido de todos los tiempos sea Jackie Robinson, el primer afroamericano que jugó la Liga Nacional de Béisbol. Soportó un racismo que la mayoría de los jóvenes de hoy ni siquiera pueden imaginar. Sabía que tenía que jugar mejor que los blancos y trabajar más que ellos. De modo que lo hizo. Se juró no quejarse, ni siquiera aunque los seguidores le escupieran. 

Yo tenía una fotografía de Jackie Robinson colgada en la pared del despacho y me entristecía que tan pocos estudiantes le reconocieran o supieran algo de él. Muchos ni siquiera se fijaban en la foto. Los jóvenes que han crecido con la tele en color no dedican mucho tiempo a contemplar imágenes en blanco y negro. 

Es una lástima. No existen mejores ejemplos de conducta que gente con Jackie Robinson y Sandy Blatt. La moraleja de sus vidas es la siguiente: quejarse no es una buena estrategia. Todos disponemos de un tiempo y una energía limitados. Es muy improbable que el tiempo que invertimos quejándonos nos ayude a alcanzar nuestras metas. Y no va a hacernos más felices."

"LA ÚLTIMA LECCIÓN". Randy Pausch.

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REFLEXIONES DE PILAR G: VIAJE A ÍTACA



Cuando salgas para hacer el viaje hacia Itaca
has de pedir que sea largo el camino,
lleno de aventuras, lleno de conocimiento.
Has de rogar que sea largo el camino,
que sean muchas las madrugadas,
que entrarás en un puerto que tus ojos ignoraban;
que vayas a ciudades a aprender de los que saben.

Ten siempre en el corazón la idea de Itaca.

Has de llegar a ella, es tu destino
pero no fuerces nada la travesía.
Es preferible que dure muchos años,
que seas viejo cuando fondees en la isla,
rico de todo lo que habrás ganado haciendo el camino,
sin esperar a que dé más riquezas.

Itaca te ha dado el bello viaje;
sin ella no habrías partido.
Y si la encuentras pobre, no es que Itaca
te haya engañado.
Sabio como muy bien te has hecho,
sabrás lo que significan las Itacas.
Esta es una adaptación que el cantautor Lluis Llach hizo del famoso poema "Viaje a Ítaca" del poeta griego Konstantinos Kavafis. En él relata el camino lleno de aventuras que Ulises, tras la guerra de Troya, tuvo que recorrer hasta llegar a su hogar en la isla de Ítaca.

Este poema capta muy bien la esencia del camino que cualquiera que desee crecer como persona ha de recorrer.

Cuando comenzamos un proceso de cambio, muchas veces nos dejamos arrastrar por la impaciencia y queremos obtener resultados de manera inmediata y sin esfuerzo, pero cualquier cambio requiere trabajo, perseverancia y mucha paciencia. No puede ser de otro modo, no hay atajos ni fórmulas mágicas.

La transformación lleva su tiempo, se produce paso a paso y no de la noche a la mañana, pero no importa, puesto que no se trata de un camino aburrido ni pesado, sino que supone más bien un emocionante reto personal. Nuestro objetivo es llegar a ser las personas que nos gustaría ser, pero hasta conseguirlo, podemos disfrutar mucho del proceso. 

Explorar el interior de uno mismo es el más apasionante y enriquecedor de todos los viajes que podamos imaginar, mucho más que visitar países exóticos o lugares recónditos del planeta.

En este viaje hacia nuestro interior aprenderemos muchas cosas sobre nosotros mismos que hasta entonces desconocíamos, descubriremos una manera diferente de ver la vida, desarrollaremos nuevas habilidades, adquiriremos innumerables conocimientos e iremos apreciando los pequeños avances que vayamos consiguiendo.

Estaremos más motivados y los resultados llegarán antes, si empezamos nuestro viaje con la vista puesta en nuestro objetivo pero con el ánimo de disfrutar del trayecto mientras trabajamos y no con la necesidad de obtener resultados fácil y rápidamente, y pensando solo en todo lo que nos queda por recorrer.

Lo sorprendente y maravilloso del crecimiento personal es que es una aventura que nunca termina, jamás dejamos de aprender y evolucionar, si ni siquiera las plantas dejan de crecer hasta que mueren, ¿cómo vamos a dejar nosotros de hacerlo?

Con dedicación y esfuerzo, podemos llegar a ser las personas que deseamos, pero es importante no convertir este objetivo en una necesidad. No hay que olvidar que aunque no lleguemos a ser tan mentalmente sanos y equilibrados como nos gustaría, podemos igualmente disfrutar de muchas cosas y llevar una vida plena.

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domingo, 10 de mayo de 2015

REFLEXIONES DE PILAR G: LAS ADICCIONES


En nuestra sociedad crece de manera alarmante el número de personas con algún tipo de adicción: al trabajo, al alcohol, a la comida, al sexo, al juego, a internet, a las compras... Hablamos de adicción y no de uso o abuso, cuando cualquiera de estas sustancias o hábitos se convierten en necesarios o imprescindibles para la persona adicta, la cual no concibe su vida sin esas fuentes de seguridad y/o placer.

La finalidad de cualquier adicción es tapar algún malestar emocional (depresión, rabia, ansiedad, culpa, soledad, miedo...). En un principio la persona, gracias a la adicción, se encuentra muy bien porque experimenta un alivio inmediato de su sufrimiento, pero a la larga, la que parece ser la solución a su malestar se transforma en el auténtico problema, con nefastas consecuencias (pérdida de amistades sanas y de interés por actividades que hasta ahora eran placenteras, mentiras, ansiedad, obsesión por la adicción, incumplimiento de obligaciones...).

Generalmente las personas que caen en la trampa de las adicciones suelen tener una baja tolerancia a la frustración y a la incomodidad, y una no autoaceptación incondicional:

-Baja tolerancia a la frustración y a la incomodidad: las personas con adicciones tienen miedo a sentirse mal y son incapaces de aguantar el malestar emocional. A veces el simple hecho de estar sin hacer nada, produce en el adicto un malestar que le empuja a la adicción, considera el aburrimiento como algo terrible e insoportable.

Además creen que en la vida todo debería ser como ellos quieren y que aquello que desean tendrían que conseguirlo fácilmente y sin esfuerzo. Los adictos sufren de urgencia hedonista, buscan la satisfacción inmediata y prefieren no pasar ninguna incomodidad a corto plazo aunque eso suponga renunciar a una gratificación mayor en el futuro.

-No autoaceptación incondicional: los adictos tienen miedo a equivocarse, a no ser perfectos, a no estar a la altura, a ser menos que los demás...

No quiero dejar de mencionar la dependencia emocional a la pareja, la cual contiene un componente afectivo que nos hace ser más permisivos con esta adicción que con el resto. La persona emocionalmente dependiente se involucra en relaciones sin pies ni cabeza que le causan un enorme sufrimiento. Pese a ser consciente de estar manteniendo una relación inadecuada, es incapaz de renunciar a ella, es más, cada vez dedica más tiempo, esfuerzo y pensamientos a la pareja, hasta el punto de que todo gira en torno a ella. Se llega incluso a producir, en caso de ruptura, el síndrome de abstinencia (desesperación, dificultad para conciliar el sueño, pensamientos obsesivos, intentos de retomar la relación, depresión...).

Si queremos dejar atrás las adicciones y convertirnos en personas libres y emocionalmente fuertes que no necesitan “tapaderas”, la solución pasa por pedir ayuda para aceptar la frustración y el malestar como parte de la vida (a veces nos tocará pasarlo mal pero es normal y perfectamente soportable), perder el miedo al aburrimiento (tal vez puede resultar un poco incómodo pero nunca perjudicial) y autoaceptarnos incondicionalmente.


lunes, 20 de abril de 2015

REFLEXIONES DE PILAR G: ATRAVESANDO LAS NUBES


Cuando tengo que viajar en avión, prefiero que el día sea gris y lluvioso, porque solo en esos días se produce durante el vuelo un momento mágico.

Dentro del avión, en tierra todavía, al mirar por la ventanilla se aprecia la oscuridad, el suelo mojado y el cielo completamente encapotado, pero cuando el avión despega, toma altura y atraviesa el espeso manto de nubes, de repente aparece un inesperado sol radiante en medio de un inmenso cielo azul. 

Sorprende encontrarse de pronto con ese magnífico espectáculo, porque da la sensación de que en los días lluviosos, el sol y el cielo azul desaparecen. Pero no, no desaparecen, solo están ocultos.

Ese momento especial es muy parecido al que se produce cuando transformamos las falsas necesidades en deseos.

Las falsas necesidades son como esos nubarrones que cubren nuestras cabezas, ensombrecen nuestra existencia, no nos permiten apreciar la belleza de la vida y nos llenan de miedos. Mientras que cuando las transformamos en deseos, nos elevamos por encima de ellos y, se cumplan o no, nunca interfieren en nuestro bienestar ni en nuestras ganas de disfrutar de la vida. 

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