sábado, 13 de agosto de 2016

REFLEXIONES DE DAVID MAIMÓNEDES: PERSONAS HIPERSENSIBLES CON LOS DEMÁS: ¡A RENUNCIAR MENTALMENTE A TODO LOS QUE NOS QUITAN O NOS PODRÍAN QUITAR!



Cuando somos muy sensibles con los demás, no somos conscientes de que somos nosotros mismos con nuestro pensamiento -y no nuestros genes- los que elegimos ser así, pues diferentes personas sienten diferentes emociones al respecto, e incluso una misma persona en diferentes momentos de su vida difiere también en sus emociones.

Además, tener la base de nuestro trabajo mental bien pillada es fundamental para hacer autoterapia (y en este caso en particular, para no ser tan sensibles con los demás). Para ello, podemos valernos de truquillos muy útiles:

*Por un lado, hacernos esquemitas (o resúmenes muy esquematizados, como este post) que nos hagan muy sencillo el comprender los conceptos y el trabajarlos.

*Por otro, el tener conceptos clave, que nos sinteticen y ordenen todo el trabajo mental, todavía más. Aquí, el concepto clave sería, que para dejar de ser sensibles con los demás, tenemos que renunciar mentalmente a lo que nos quitan (o podrían quitarnos). Por qué, pues porque si ya tuviéramos la renuncia mental consolidada, no sentiríamos esa hipersensibilidad. Sí, tenemos terribilitis y se nos va a quitar ya mismo con la renuncia mental. Vamos a verlo con más detalle:

-Su compañía: existe la posibilidad de que las personas que nos afrenten no quieran ser nuestros amigos. La buena noticia es que nadie necesita a nadie: hay millones de personas en el mundo de las cuales como mucho 5 ó 6 personas pueden ser amigos nuestros puesto el tiempo es limitado y hay que priorizar, además de que la soledad es estupenda; por lo tanto, ¡a amar la vida en su conjunto! Por otro lado, dado que nadie necesita a nadie, nadie está obligado a nada: ¡a hacer las cosas por gusto!

-Sus buenas conductas y su generosidad: vale, están en modo desagradable a veces, pero:

+Son personas maravillosas, con cosas buenas y malas; cuidado con generalizar: “éste es un desgraciado (100% malo)”. Además, apreciemos también las buenas, y si no les conocemos mucho, podemos saber que tienen cosas buenas dado que otros hablan muy bien de ellos, o simplemente porque todos tenemos una inmensa capacidad de amar como potencialidad.

+Además, su parte negativa es algo pequeño: ¿nos hacen esperar? Un gran momento para descansar o escribir emails; ¿se echan atrás en un plan común? Ir solos a esa actividad va a ser maravilloso;  ¿”ponen” a otros en nuestra contra? Tampoco necesitamos la aprobación de esos otros;  ¿Nos deben dinero? El dinero no da la felicidad;  ¿hacen mucho ruido en sus pataletas? Mirar a los compositores contemporáneos con sus obras musicales tan ruidosas (y a la vez sublimes) y hay gente (yo incluido, jaja) que las disfruta (El ruido y la comodidad no son tan importantes). También podemos esquivar la parte negativa: al que te hace esperar vete a su casa a recogerlo; al que no se compromete, no hagas con él planes a largo plazo comunes; al que no devuelve dinero prestado, no se lo dejes; al que te monta muchos pollos, dale mucho amor y humor y si ya es mucho tiempo, ponle una excusa y vete hasta otro día; al que se va de la lengua, no le cuentes tus confidencias…, pero aprovecha y aprecia el resto de sus cualidades. Eso no quita que podemos sugerir el cambio sugiriendo con amor, lo cual es mucho más eficaz, no tiene coste emocional e incluso se disfruta con ello.

¿No es absurdo exigir a las personas que queremos que sean perfectas, que te lo aporten todo? Bastante, pues lo bonito es aceptarlas y comprenderlas.

-Una cualidad buena nuestra: vale que nos insultan a veces, pero si alguien me hace un regalo (insulto es igual a fallo tomado de forma terribilizadora) y yo no lo recibo (no me creo que ese fallo sea terrible, lo tenga o no), ¿a quién pertenece ese regalo? El problema lo tiene él por su mala forma de pensar, no nosotros, que vamos a ser muy felices pase lo que pase: si nos llamasen retrasados, tontos, torpes, feos, horteras,…, podríamos ser todo eso y mucho más, y disfrutar la vida a tope.

-La justicia: vale que a veces actúan de manera injusta, pero ¿qué es más importante: ser feliz o la justicia? Ser feliz muchísimo más. Pues eso.

-La comodidad (incluso): cualquier adversidad tiene su dosis de incomodidad, pero es que la comodidad tampoco es tan importante.


-Nuestra buena conducta y generosidad: ¿Y si nos llaman mala persona? Recordemos lo estudiado en este post; pues ahora vamos a aplicarlo a la inversa: las otras personas pueden renunciar mentalmente a lo que les quitamos (o les podríamos quitar), son fallos pequeños también los nuestros. Y, vale que tenemos fallos, pero tenemos otras cosas maravillosas, TODOS. No existen malas personas (100% malas), tan sólo virtudes y fallos. Eso no quita que podemos intentar mejorar, pero sin fustigarnos, lo cual siempre es muchísimo mejor a muchos niveles.

REFLEXIONES DE GEMA MERINAS: ENCUENTROS CON LA FELICIDAD


Reflexiones: Lágrimas

Me encanta reir.  Hay quien dice que soy de risa fácil y es verdad. Pero también soy de lágrima fácil.
He observado que cuando alguien llora los de alrededor se empeñan en que cesen sus lágrimas: “no llores”, “no estés triste”, “deja de llorar”, “no llores más”… son frases comunes que se le dicen a quien está expresando sus sentimientos a través de las lágrimas. Sin duda la pretensión es que la persona en cuestión deje de sufrir, pero no nos damos cuenta de que estamos, inconscientemente, reprimiendo ese sentimiento, esa expresión de una emoción.

Por no hablar del arquetipo hacia el sexo masculino con la frase célebre de “los hombres no lloran”, y ahí están ellos, pobres, condenados a reprimir esas emociones de por vida.

Nunca he oído a nadie evitar que alguien se ría de un chiste o una situación cómica o divertida diciéndole: “no te rías más del chiste”, “no estés alegre”.

Tampoco he oído a nadie reprocharle a otro: “qué risueño eres”, en contraposición al reproche de: “qué llorón o llorona eres”, imprimiendo ese carácter de debilidad del que deja expuestos sus sentimientos de tristeza o su pena.

En definitiva quiero resaltar que ambas emociones se pueden y se deberían expresar con naturalidad: la alegría y la tristeza, la risa y el llanto. Creo que es saludable dar rienda suelta a las emociones y poderlas expresar con libertad y con respeto y apoyo por parte de los que nos rodean. Es más, reprimir esas emociones puede llevarnos a situaciones muy negativas.

Hace algunos años se puso muy de moda las sesiones de risoterapia, que sin duda tenían su efecto muy positivo en las personas que las practicaban.  Pues yo propongo la idea de hacer sesiones de “plañiterapia” (que no sé si existirán ya), pero que pueden ser, sino tan divertidas, sí muy reconfortantes y liberadoras.

Sé de muchas personas que no pueden llorar, de tan reprimido como tienen esta expresión de su afectividad.


Pensamiento: “Lo que significa la lluvia para la tierra tras una sequía, pueden suponer las lágrimas para un corazón afligido”

martes, 2 de agosto de 2016

REFLEXIONES DE MONTSE ROVIRA: ENAMORARSE ES BAILAR CON LA FEA

La sabiduría de los clásicos griegos sostiene que sólo hay dos estados que el hombre nunca puede ocultar: que está borracho y que está enamorado.

Los seres humanos no somos tan dispares como a primera vista pueda parecer. Y las personas enamoradas nos sentimos y comportamos de forma extraordinariamente similar. Salvando las diferencias culturales la mayoría tenemos una cesta de objetivos, valores o deseos que consideramos esenciales para nuestra felicidad. Albert Ellis decía que los seres humanos, tanto por nuestras características biológicas como por el aprendizaje social, somos “animales buscadores de objetivos” y nuestros objetivos básicos son sobrevivir, estar relativamente libres de dolor y razonablemente contentos o satisfechos.

Hemos nacido con una serie de tendencias biológicas más tarde fortalecidas por factores ambientales y culturales durante el crecimiento, que nos han abocado a una forma de pensar fraudulenta, irracional y resistente a nuevas ideas y aproximaciones. Esta es una de las dificultades de la psicoterapia: una enraizada resistencia a mirar las cosas de otro modo, a convencernos de que la transformación es posible. No es de extrañar, en primer lugar porque una parte de nuestro cerebro reacciona instintivamente ante situaciones de alto impacto emocional; en segundo lugar porque el adiestramiento que hemos recibido a lo largo de muchos años, incluso generaciones, nos ha señalado ciertos modelos como óptimos, a pesar de estar en las antípodas de la racionalidad. 

Un día, de pronto nos damos cuenta de que algo no encaja. Nos parece que los arquetipos convencionales no son tan modélicos o bien que nosotros no nos ajustamos a ellos, y nos sentimos mal. Pensamos que el problema somos nosotros, cuando en realidad el único problema radica en que hacemos lo que hacemos y sentimos lo que sentimos porque pensamos lo que pensamos. Nos sentimos alienados, abatidos y culpables por no estar a la altura de lo que “se espera” de nosotros. Nos sentimos incluso despreciables porque somos conscientes de que nuestro malestar emocional influye negativamente en nuestro entorno. Pensamos que hemos fracasado, que la vida es dura, que somos un fraude. Nos preguntamos si no tenemos derecho a ser felices, a ser “normales”. No nos planteamos que nuestro concepto de normalidad puede ser la clave y que conviene revisarlo.

Un ejemplo cristalino de este alboroto mental y emocional es el de las relaciones de pareja. En este terreno el bombardeo ideológico ha sido –y todavía sigue siendo- abrumador. Las películas, las canciones, las grandes tragedias románticas, los melodramas, la poesía, la ópera, etc., como insignias de la concepción social occidental de la pareja, han configurado unos parámetros educativos y unos modelos de comportamiento que nos han dirigido en una única dirección: “Necesito una pareja para ser feliz, mi vida no será completa si no logro formar una familia. Ese es mi objetivo existencial. Y evidentemente una vez lograda la unidad familiar –si se consigue- debe ser indestructible y no puedo jamás plantearme nada que vaya en contra de mi objetivo”. 

“Si se consigue” significa que un día nos enamoramos. Conocemos a alguien que nos gusta mucho, y esa vocecita interior instruida para darnos la razón nos hace saber que “es él/es ella”. Estamos convencidos porque jamás nos habíamos sentido “así”: la avidez permanente de cercanía, el asombrarse por la afinidad, la complicidad, esa certeza absoluta “que solamente se tiene una vez en la vida”… ¡tiene que ser amor! 

Y en ese momento somos un filamento más de esa escoba manejada por la mano de unas creencias irracionales que otros han tejido para que nosotros las vistamos, y que nos indican exactamente cuáles son los pasos a seguir para conseguir el objetivo que nos asegurará la felicidad.

No voy a minimizar la grandeza de los sentimientos que nos embargan cuando Cupido nos alcanza con sus flechas. Todos los que nos hemos enamorado alguna vez sabemos en qué consiste. Esa euforia, la maravillosa sensación de sabernos especiales para alguien a quien consideramos especial, el futuro resplandeciente que adivinamos… ¿Quién va a negar que somos completamente felices? Da igual si el amor barre nuestra individualidad, no queremos ser individuales, ¡queremos ser felices!

Tampoco voy a minimizar la grandeza de lo que sentimos, pero sí voy a dar una explicación de por qué nos sentimos así. Desde un enfoque exclusivamente bioquímico, es simple: cuando nos enamoramos, estamos “bailando con la FEA”. La FEA, es un neurotransmisor llamado feniletilamina de efectos psicoactivos cuyos niveles se desbordan cuando se ponen en marcha los mecanismos de atracción. Un torrente neuroquímico de sustancias estimulantes similares a las anfetaminas inunda nuestro cerebro y comienza la cascada de sensaciones propias del enamoramiento: el pulso se acelera, aumenta la temperatura corporal, nos sentimos sexualmente desinhibidos, como hipnotizados por el encanto del otro, y cientos de mariposas revolotean en nuestro estómago. Presos de una vitalidad inusitada tenemos insomnio, el deseo sexual se acerca a la lujuria, nos tortura la lejanía de la persona amada, suspiramos por volver a verla, la ternura se apodera de nuestros sentimientos y el torbellino emocional nos mantiene en un estado próximo a la irrealidad. Aunque percibamos nuestro amor como algo mágico y único, todas las personas enamoradas sentimos de forma muy similar los síntomas efervescentes del enamoramiento. Todo es impulsivo, urgente. En este oleaje químico el raciocinio es un intruso. El enamoramiento contemplado desde una perspectiva neurológica es un tsunami de reacciones bioquímicas que nos hacen sentir la pasión amorosa y cuyo descenso en caída libre es el responsable de que también el sufrimiento por desamor tenga una sintomatología más o menos universal.

Los doctores D. F. Klein y M. Lebowitz del Instituto Psiquiátrico de Nueva York descubrieron en la década de los 80 que un cerebro enamorado contiene niveles elevados de feniletilamina y que ésta es la responsable de los síntomas y cambios fisiológicos que la persona experimenta. Esta sustancia se encuentra también en el chocolate, lo que ha dado pie a la célebre idea de que el chocolate funciona como antidepresivo en los trastornos emocionales que se dan ante una ruptura o una depresión por abandono. De manera totalmente inconsciente, lo utilizamos como substituto. El estudio de Klein y Lebowitz observó una tendencia compulsiva de las personas aquejadas de desamor a ingerir chocolate, intentando así combatir el “síndrome de abstinencia” causado por el descenso brusco de FEA tras el desengaño amoroso.
La producción de FEA en el cerebro se desencadena por estímulos tan simples como un intercambio de miradas o un ligero roce con la persona objeto de atracción. La FEA es la responsable de que tantas personas describan el inicio de la relación amorosa como una etapa en la que “pasábamos largas horas charlando y haciendo el amor sin el más mínimo atisbo de cansancio”. El proceso se inicia en la corteza cerebral, conecta con el sistema límbico, pone al sistema endocrino en estado de alerta máxima de placer y da lugar a respuestas fisiológicas intensas. Ortega y Gasset definió ese estado como una “imbecilidad transitoria” y es cierto que tales niveles bioquímicos no pueden mantenerse durante mucho tiempo. Pero, ¿por qué se elevan los niveles de FEA cuando nos enamoramos? La respuesta está en nuestra naturaleza.

La parte más ancestral de nuestro cerebro tiene dos únicas funciones: sobrevivir y reproducirse. Para lograr esos objetivos regula mecanismos inconscientes como la respiración, la frecuencia cardíaca, el sueño, etc. y también pone en marcha mecanismos que favorezcan la reproducción. Pensemos por ejemplo en los leones, animales con una fiereza extrema y una proxemia muy marcada. La proxemia puede definirse como la distancia social, tanto los animales como los humanos la tenemos y la reducimos de acuerdo al grado de intimidad de nuestras relaciones con los demás. La distancia física entre desconocidos no es la misma que la que permitimos a nuestros amigos o a nuestra pareja, incluso podemos ser hostiles si consideramos que alguien se acerca a nosotros más de lo debido. Por eso en los ascensores, -por ejemplo-, tratamos de mantener una distancia mínima que no nos incomode demasiado.

En las relaciones de pareja así como en la naturaleza ocurre algo gracioso, y es que cuando el león busca aparearse pierde su fiereza, abandona su proxemia e incluso parece que ponga “cara de bobo” mientras corteja a la hembra. Exactamente igual que los humanos cuando flirteamos con alguien que nos resulta atractivo. Hay un engaño que la naturaleza hace tanto al ser humano como a los animales y es que elimina los límites. Se acercan dos seres desconocidos que han abandonado por completo su “prefiero existir yo a que existas tú” y de repente se pierde cualquier distancia prudencial ya sea física, intelectual o emocional. La FEA ha entrado en acción. Nuestro cerebro ha percibido la señal de “oportunidad de reproducción” y nos ha bañado en feniletilamina, la “hormona del amor”: estamos enamorados. 

Es un engaño. Nuestra fisiología ha barrido los límites para “permitir la reproducción”. La parte más ancestral de nuestro cerebro ha encontrado con quien aparearnos, tener descendencia, formar una familia… cumplir nuestros objetivos para ser felices. Pero los niveles de feniletilamina no van a permanecer por las nubes durante demasiado tiempo, la naturaleza es sabia y conoce los períodos de enamoramiento mínimos necesarios para que la reproducción se verifique. Por eso los animales no permanecen “enamorados” durante dos años y los humanos sí. Porque los humanos necesitamos un tiempo de flirteo, seducción, consumación y tentativa de embarazo mucho mayor que los leones.

Transcurrido el supuesto periodo reproductivo los niveles de FEA han ido disminuyendo progresivamente, el cerebro “se ha desenamorado” y vuelve a prestar atención a su objetivo prioritario: la supervivencia. Volvemos a marcar de nuevo nuestro territorio. Ya no estamos tan seguros de si “somos dos” o preferimos ser “uno más uno”. Un día, de repente, el olor del calcetín del otro nos parece repugnante y nuestro amado/a cae del pedestal. No es que hayamos recuperado el olfato perdido, es que la FEA ha vuelto a sus niveles estables. La naturaleza considera que la interacción necesaria para la cual estaba funcionando la segregación de feniletilamina ha cumplido su objetivo y nuestro cerebro vuelve a reclamar su necesidad de supervivencia, de “antes yo que tú”. Se acaba la era del imperio de los sentidos y volvemos a construir barricadas mentales a medida que el enamoramiento se eclipsa y empieza a llegar el desencanto: “mi pareja ya no es como antes”. No es verdad, el otro/otra es como siempre ha sido, sólo que ahora lo vemos como realmente es, desprovisto de las guirnaldas con las que lo habíamos adornado desde nuestra enajenación.

Entramos en una fase confusa en la que la atracción bioquímica decae y puede que confundamos ese cambio fisiológico con el final del amor. Tampoco es cierto. Es sólo el final de la locura. Jacinto Benavente dijo que “el amor es como Don Quijote: cuando recobra el juicio es para morir”. Sin duda una frase realmente digna de un bolero. 

Si el vínculo construido durante la fase de enamoramiento es sólido, aceptaremos naturalmente habituarnos a una manifestación más tibia del amor, pero no menos hermosa y gratificante. Una vez consumido el fuego del enardecimiento quedan las brasas que pueden mantener el calor de la relación. Ya no tendremos taquicardias al encontrarnos con la persona amada, la feniletilamina dejará paso a otras hormonas, -como la oxitocina-, relacionadas con el sentimiento de cariño, confianza, pertenencia, seguridad… de hecho seguiremos estando “narcotizados”. Esta es la razón bioquímica que explica la causa del sufrimiento al perder al ser querido, dejamos de recibir la dosis diaria de narcóticos.

La única manera de combatir los efectos de este síndrome de abstinencia hormonal es tener una mente forjada por creencias racionales: conocernos a nosotros mismos, saber cómo funcionamos, ser conscientes de lo que significa el proceso amoroso, estar convencidos de que no necesitamos a nadie para ser felices, huir de los arquetipos híper-románticos. Comprender que la química cerebral está ahí pero que no debemos permitir que gobierne nuestro estado mental haciéndonos perder la cordura. El enamoramiento es una “locura bioquímica transitoria”, por eso en plena convulsión amorosa nos extasía escuchar boleros que ensalcen la apoteosis del amor, y por eso ante un desamor nos sentimos tan identificados con los boleros que proclaman la terrible tragedia de la pérdida. Creemos que los boleros están pensados para darnos de lleno en el corazón, pero donde realmente hacen diana es en nuestro cerebro sediento de FEA, ¡y vaya si lo consiguen!

Después de esta disertación sobre la bioquímica del enamoramiento y de cómo algunos símbolos culturales contribuyen a hurgar en las heridas emocionales, os dejo con un bolero al más genuino estilo gaditano. Su autor es Jesús Bienvenido. El propio autor lo interpreta junto a Dani Obregón y ambos nos sugieren que si nos apetece un bolero, que sea “un bolero con ron, que aunque estruje el corazón, duele mucho, mucho, mucho, mucho, mucho, mucho… menos”.

https://www.youtube.com/watch?v=Z50Le_P-Bzg&feature=youtu.be

miércoles, 27 de julio de 2016

REFLEXIONES DE MIGUEL SOLER: "YO SOY MUY COMPETITIVA..."

Hace unos días, mientras asistía a un curso, una compañera comentaba abiertamente que ella “era muy competitiva”, e incluso añadía que “si alguien, en algún aspecto, se le cruzaba en su camino, lo apartaría sin más”. No se refería concretamente al transcurso del taller en el que participábamos, sino en su vida en general.

Ser competitivos es interesante, ¿no? En numerosos aspectos de nuestro día a día -y sobre todo en el terreno laboral o educativo- todo parece centrarse en ser más eficientes, más competentes, mucho más efectivos, y a ser posible, ser líderes. Y claro, para eso, lo deseable es ser competitivo.

A las personas competitivas se les tiene en buena consideración por parte de muchos otros que se “ven” en ellos, que quieren ser así, y prosperar, destacar, sobresalir del mismo modo. Quieren tener más y estar mucho más y mejor reconocidos, así -creen- se sentirán mucho mejor, por fin se sentirán bien siendo ejemplo a seguir por los demás, llegando los primeros, destacando en algo o en todo.
Podemos decir que ser competitivo es deseable y síntoma claro de ser ganadores, de poder llegar a todo, superar obstáculos, y sobresalir de entre los demás. Porque, claro, eso de sobresalir de entre los demás está muy bien, solo así podremos llegar a ser ganadores. O no.

La competitividad se mece en los brazos del desconocimiento de nuestro verdadero enfoque en la vida. Tranquilos, que no me voy a poner muy espiritual con estas cosas, sólo un poquito, lo justo. Mirad, estamos aquí no para destacar, sino para vivir, así, sin más, porque vivir, y hacerlo en la plenitud de poder aprovechar lo que el día a día nos ofrece, es mucho, muchísimo, incluso a veces pienso que demasiado.

Podríamos remontarnos a hace más de un siglo, cuando la racionalidad instrumental encaminaba a muchas personas a lograr sus metas sin importarles los caminos a recorrer, era basarse en no mirar cómo llegar sino enfocarse en llegar y obtener beneficios, a veces a cualquier precio, no importaban los medios ni los efectos. Producir, producir, producir, y ganar, ganar, ganar… Este razonamiento impulsó grandes fortunas y llevó a algunos países a controlar, dominar, el mundo.

La cultura de ser ganadores y conseguir ser los mejores, los primeros, adelantó hace mucho a la cultura de ser y estar, con nosotros mismos y con los demás, sin carreras ni competencias, aportando lo que sabemos y podemos para una construcción común de la sociedad que busca la mejora de las personas. Hoy, en esta segunda década del siglo XXI, ser ganador, ser el primero, ser vencedor sobre los demás, y serlo en beneficio propio, sigue siendo un objetivo prioritario para muchas, muchísimas personas. Ser competitivos, por ello, está inmerso en nuestra cultura, en nuestra sociedad, en nuestra vida.

Seguimos buscando obtener provecho propio y de forma individual sin importarnos mucho, o no importarnos nada, los demás. Y ojo, que no voy por derroteros sociales con estos comentarios, estoy encaminándome a la persona competitiva, porque como competitiva puede “parecer ser” como se quiera construir, imaginar, disfrazar, atendiendo a una autoimagen y un autoconcepto condicionados por el principio de ”tener más” -poder, éxito, posesiones, belleza, influencias…- para ser reconocidos por los demás; pero como persona es lo que es y como es, puede potenciarse como ser, pero nunca, nunca, obtendrá beneficios si ese potenciamiento no está alineado con su naturaleza, y las personas, en esencia, no necesitamos la competitividad, no al menos en los extremos que vemos a nuestro alrededor.

Si nos obligamos a ser competitivos porque nuestro entorno lo es, estaremos viviendo de forma condicionada a lo que necesitamos, luego el desequilibrio o la neurosis acechan constantemente. Si nos basamos en ser competitivos para justificar que pasamos por encima de los demás sin importarnos demasiado, es que nos hemos desvirtuado como personas, actuamos pero no construimos, instrumentalizamos nuestra existencia atendiendo a una competitividad que sólo nos llevará a estar por encima de otros, a tener más, pero no a ser mejores ni facilitar el camino a otras personas.

Si la competitividad te ha ganado el pulso en tu vida, entonces es que has llegado al momento de reaccionar, porque la competitividad te exprime y nunca te enriquece en lo vital, puede que lo material se multiplique y que te sientas más reconocido o reconocida, más admirado o admirada, pero hablamos de espejismos, otra persona más competitiva -o con menos escrúpulos aún- está en tu estela, esperando la ocasión para pasar por encima de ti…

Y ya tenemos el lío organizado: necesitamos seguir siendo el mejor, y tenemos miedo a dejar de serlo, esto me suena de algo. Cuando llegas a este punto la vida te cambia, ¡ya lo creo!, entonces es cuando comienzas a padecer las “excelencias” de la competitividad, y puede que inicies un camino complejo del que cuanto antes te salgas, mucho mejor.

La competitividad es un lastre, y sobre ello, una tontería muy pero que muy gorda cuando nos lo creemos y no somos reflexivos al respecto. Puedes ser un magnifico profesional y no pasarte en lo competitivo, puede que tengas que alinearte con tu entorno para mejorar, pero si no lo interpretas bien y te dejas seducir por buscar ser quien sobresalga a toda costa, el camino será complicado, y los resultados verdaderos, nunca te compensarán.

Ser competitivo de forma desmedida cambia  a las personas y rara vez para mejor; las aísla, incomunica, aparta de un entorno constructivo, y estanca en lo afectivo. Quien se basa en la competitividad rara vez se lleva bien con sus emociones, aunque haga gala con frecuencia de la ira como instrumento de persuasión o dominio. Pero cuando se queda a solas, con su propio ser, el miedo, la tristeza, buscan sus caminos.


Ser competitivo exige exigirte cada vez más y más, y las personas no somos así, no al menos para superar a los demás y “ganar”. Sí podemos serlo para superarnos a nosotros y ayudar con ello a los demás, eso es muy diferente. Piensa al respecto, tal vez te merezca la pena dedicar unos minutillos a ello.

lunes, 25 de julio de 2016

REFLEXIONES DE GEMA MERINAS: ENCUENTROS CON LA FELICIDAD



La superación de los obstáculos

En el Ecuador de nuestros viajes al sur solemos parar en un restaurante familiar y campechano de comida muy casera y con un servicio muy agradable y cercano.

En esta ocasión nos vino a servir un chico joven al que no habíamos visto antes, pero con la misma amabilidad y diligencia de sus compañeros. Y mientras nos preparaba la mesa y nos tomaba nota de la comanda advertí que le faltaban los dedos de sus manos. En algunos de ellos conservaba la falange proximal a modo de muñón de tal manera que se valía con ellos para manejarse perfectamente en un oficio tan complejo como la hostelería y que tanta destreza requiere.

Al percatarse mis hijos pequeños de esa deficiencia mostraron extrañeza y asombro. Y noté alguna muesca de aversión en sus rostros.

Entonces comenté abiertamente mi opinión sobre estas personas que no se esconden tras sus deformidades o discapacidades para justificar un “no puedo”. Más bien les sirven de trampolín desde el que saltar para superar las dificultades que se puedan encontrar en la vida, ellos incluso más que otras personas sin esas limitaciones.

Para mí son personas valiosísimas y mi respeto y admiración hacia ellos es total por la capacidad de superación  que muestran. Yo creo que más que discapacitados son supercapacitados y superan limitaciones que muchas veces son más mentales que las propiamente físicas.

En ellos se personaliza el dicho de “más hace el que quiere que el que puede”

Mi aplauso más sincero junto con todo mi apoyo y admiración.