lunes, 4 de octubre de 2010

TOP TEN DE CREENCIAS IRRACIONALES

Resumen de la última conferencia en Can Déu (27 de septiembre de 2010)


Ya en la antigüedad el filósofo Epicteto decía que no nos afecta lo que nos sucede sino lo que nosotros nos decimos sobre lo que nos sucede.


Cuando tenemos malestar emocional, tenemos que analizar nuestro diálogo interno, ¿qué nos estamos diciendo a nosotros mismos para causarnos ese malestar?


Hay que cambiar este diálogo interno. Cuestionar las creencias irracionales que tenemos. Cuando nos encontramos mal, en nuestro diálogo interno, nos decimos que lo que nos está sucediendo o lo que nos podría suceder es o sería terrible. Cuando estamos mal valoramos muchas cosas de las que nos suceden como terribles.


¿Lo que nos sucede es realmente terrible? En la vida hay muy pocas cosas terribles. Si dejamos de terribilizar, las emociones nos van a acompañar y nos vamos a tranquilizar.


Buscamos la felicidad, la felicidad es un estado emocional que se caracteriza por 3 aspectos: sosiego interior, capacidad para relacionarse, saber disfrutar de las pequeñas cosas de la vida.


Top Ten de las creencias irracionales:


- Necesito tener a mi lado a alguien que me ame, de lo contrario, qué vida más triste!!!: No necesitamos tener a nadie a nuestro lado para ser felices. Además si utilizamos la fantasía, ésta no tiene límites, ¿a cuanta gente más necesitamos para ser felices?. Nadie en el mundo necesita eso. Si se tiene bien, pero no es necesario. Lo único que necesitamos para vivir es tener la comida y la bebida del día. La creencia racional a esta creencia irracional es la siguiente: Me gustaría tener a alguien que me ame a mi lado, pero si no lo tengo puedo ser igualmente feliz.


- Tengo que tener una vida emocionante, de lo contrario es un aburrimiento: La creencia racional a esta creencia irracional es la siguiente: Me gustaría tener una vida emocionante pero si no la tengo aún puedo hacer muchas cosas valiosas. Es bueno intentar tener una vida emocionante, pero no hay que meterse presión. El pensamiento de blanco o negro no nos favorece. Cuando estamos mal emocionalmente tendemos a clasificar las cosas de forma errónea (blanco o negro). El pensamiento de si no me importa algo, eso ya no vale la pena, es una creencia irracional. Tenemos miedo a dejar de dar importancia a las cosas.


- No puedo tolerar que la gente me menosprecie. Debo saber responder y defender mi imagen: No pasa nada si la gente no nos trata bien, no es terrible. La creencia racional sería: Me gustaría que la gente me tratara bien pero no lo necesito para ser feliz, aún si la gente no me trata bien puedo hacer cosas valiosas en mi vida por mi y por los demás.


- Debo tener un piso en propiedad: Cada vez más la sociedad y la televisión nos transmiten necesititis, sólo necesitamos para vivir el agua y la comida del día. Cuantas más necesidades nos creamos nos hacemos más débiles. La creencia racional sería: Me gustaría tener un piso en propiedad, pero si no lo tengo no es terrible y puedo hacer otras cosas en mi vida maravillosas.


- Sería terrible tener una enfermedad grave y sobre todo morirse joven. Lo primero en esta vida no es la salud, lo primero es ser feliz. Todos vamos a perder la salud en algún momento y moriremos. Por lo tanto hay que aceptarlo. Sobre la salud hay que tener una preocupación razonable, si pese a todo me pusiese enfermo pues mala suerte, hay que aceptarlo. Todas las cosas las tenemos que evaluar en su justa medida, así las emociones nos van a acompañar. La vida no es una lucha, la vida es para disfrutarla. No hay que luchar contra nuestro diálogo interno, hay que hacer un trabajo de comprensión hasta hacer que ese diálogo interno sea un diálogo racional.


Resumen conferencia Rafael Santandreu. Can Deú, 28 de junio de 2010:


Los pilares de las personas fuertes es que su diálogo interno está basado en:


- Necesito muy poco para ser feliz (cuando no tengo las cosas estoy sereno y cuando las tengo las disfruto).
- Nunca calificar de terrible lo que nos suceda, por malo que sea lo que nos suceda siempre lo podremos soportar y siempre podremos ser felices.


Este diálogo interno no sólo hay que repetírselo sino que hay que convencerse. Por mal que estemos siempre hay opciones para hacer cosas valiosas, siempre que dejemos de quejarnos.


Hay que tener un diálogo interno realista: “Cuando lo que me ha pasado es malo , si puedo lo arreglo, pero si no lo puedo arreglar lo acepto y seguro que aún puedo hacer cosas valiosas por mi y por los demás”. Tenemos que fijarnos en lo que puedo hacer y en lo que tengo y no fijarnos en lo que no puedo hacer y en lo que no tengo.


Lo que nosotros pensamos es lo que sentimos. No es lo que nos sucede lo que nos afecta, es lo que nosotros pensamos sobre lo que nos sucede.


Hay que fijarse en nuestro diálogo interno y cambiarlo a un diálogo racional.


Resumen conferencia Rafael Santandreu. Can Deú, 31 de mayo de 2010:


Detrás de cada malestar emocional hay una creencia irracional.


Todas las creencias irracionales que tenemos las podemos agrupar en 3 grupos:


- Debo hacer las cosas bien.
- La gente me debe tratar bien.
- El entorno me debe ser favorable.


Estas tres creencias irracionales eran preferencias que hemos transformado en exigencias y por tanto en necesidades. Cada necesidad que nos creamos nos hace más débiles. Con tanta exigencia la felicidad es cada vez más difícil. Hay que tener objetivos no necesidades y aceptar que la vida es imperfecta porque así viviremos en armonía con la realidad.


En nuestro diálogo interno estas creencias irracionales las tenemos que transformar en racionales y por tanto dejarán de ser exigencias para pasar a ser preferencias. Las debemos transformar en:


- Me gustaría hacer las cosas bien.
- Me gustaría que la gente me tratara bien.
- Me gustaría que las cosas me saliesen bien y el entorno me fuera favorable.


Pero si todo esto no ocurre, aún puedo hacer cosas valiosas en mi vida por mi y por los demás.

NUEVA INICIATIVA: LOS APUNTES DE MÓNICA

A partir de ahora después de cada conferencia que realice Rafael en Can Déu, se colgará en este blog un pequeño resumen sobre su contenido. De esta manera las personas que no puedan asistir a las conferencias podrán leerlas en este blog y los que asistimos, podremos refrescar conocimientos en cualquier momento.

El objetivo es que las conferencias no se acaben en Can Déu sino que continúen en el blog. Y es que todos siempre comentamos lo mismo, qué guays que son, pero que cortas se hacen!!!, está en nuestras manos enriquecernos mucho más creando un foro de discusión después de cada conferencia.

Todos podremos participar y comentar aquello que más nos haya gustado, lo que nos haya emocionado, lo que no estemos de acuerdo, decir aquello que no nos hemos atrevido a decir en público, aprovechar para comentar aquel artículo del periódico o aquella entrevista de la tele que nos haya impactado y que puede estar relacionada con alguno de los temas que se han tratado, comentar lo que nos ha aportado la lectura de algún libro, o lo que nos ha costado leer aquel libro recomendado, compartir alguna experiencia personal… no tengáis reparo en escribir.

Pensad que si transmitimos algún pensamiento irracional de esos muchos que tenemos… y que seguro que surgirán… ya estará Rafael ahí para corregirnos. Tenemos mucha suerte!!! . Cualquier aportación vuestra siempre será un gran aprendizaje para todos!!!, también podéis hacer difusión de este blog a amigos, compañeros de trabajo, familia…, puede ser de gran ayuda a mucha gente. Esa es la manera de que cada vez haya más gente racional en un mundo irracional. Sólo veo un problema y es que Rafa, quizás haya que buscar otra sala para hacer las conferencias porque no vamos a caber!!!

Chicos, como en toda escuela, el profesor es fundamental pero los alumnos son también una parte importante. Entre todos podemos conseguir que la Escuela de la Felicidad sea algo más grande y único a través de este blog.

Un beso a todos

Mónica

sábado, 2 de octubre de 2010

APOSTANDO FUERTE

Una mañana de invierno de 1940, un joven llamado Robert Capa empacó en la maleta su pequeña cámara compacta Kodak, una montaña de carretes nuevos y algo de ropa. En el bolsillo derecho de su americana, un pasaje para embarcar en un buque rumbo hacia la 2ª Guerra Mundial. Capa fue uno de los primeros fotógrafos de guerra de la historia del periodismo y un personaje maravilloso. Bien parecido, simpático, bebedor, valiente y, a ratos, hasta romántico, a este neoyorkino nacido en Praga le iba la aventura.

En el Día D, cientos de miles de jóvenes soldados norteamericanos se apiñaban en las barcazas anfibias camino de las playas de Normandía. El miedo les acompañaba al son de los estallidos de las bombas de las defensas alemanas. Muchos vomitaban el desayuno en el interior de aquellas tanquetas atestadas, pero nadie se quejaba por ello. Sus mentes no tenían tiempo para fijarse en esas minucias. Entre aquellos chicos, Capa revisaba tembloroso sus cámaras una y otra vez, como si el ritual de trabajo pudiese acallar el ruido atronador de los cañonazos enemigos.

Y, de repente, un golpe seco hizo temblar la tanqueta indicando que habían llegado a la orilla. El ruido era entonces atronador pero el sargento a cargo de aquel pelotón gritó todavía más fuerte: “¡Fuera, rápido! ¡Agrupación a veinte metros! ¡Todos, ya!”, y saltó al agua fusil en alto y de ahí a la playa corriendo con el corazón bombeando a toda máquina. Los muchachos salieron tropezando con la arena y la mirada fija en la espalda de su superior. La confusión ahí afuera era enorme: pelotones a la carrera por doquier, gritos, explosiones... Capa iba tras ellos e hizo como los demás, tirarse sobre el suelo a unos veinte metros y clavar la mirada en el cogote del sargento. En medio de aquel enjambre de balas, el sargento era el único talismán fiable, la única salida de aquel endiablado laberinto. Y, de nuevo, alzó la voz para decir: “¡Otra vez, en veinte metros, reagruparse detrás mío! ¡Ahora! ¡Ya!” Y como propulsado por muelles se lanzó duna arriba.

De los veinte chicos a los que acompañó Capa aquella mañana, sobrevivirían sólo dos. Al fotógrafo únicamente le dio tiempo a tomar algunas instantáneas de esos primeros metros de batalla antes de que le obligasen a volver en una tanqueta anfibia a uno de los barcos aliados. Eso sí: aquellas fotos ligeramente desenfocadas fueron los primeros testigos de la liberación de Europa. Al día siguiente ya estaban en la primera página de los rotativos de Londres y el mundo podía poner en imágenes la partida final de la guerra por la libertad de Europa.

Al llegar a Londres, Capa tuvo dos días escasos de permiso que empleó bien con su recién estrenada novia británica. Varias botellas de whisky después, ya estaba a bordo de un avión desde el que se lanzaría en paracaídas cámara en ristre, para seguir las siguientes evoluciones del ejército americano en Europa.

¿Qué tiene que ver la historia de Capa con un libro sobre psicología?, se preguntará el lector. Una sola cosa: Capa exprimió sus días, vivió intensamente. Apostó por jugar fuerte, sin temor y cabalgó sobre su destino, sobre su vida. Fue el mejor fotoperiodista de la historia, esposo de Gerda Taro, pareja de Ingrid Bergman y amigo de Heminway, decenas de otros grandes intelectuales y artistas, antes de morir en la guerra de Indochina a los cuarenta y un años de edad.

Una mente en forma, una vida emocionante


 

Capa es para mí un maestro de la vida. Hay muchos otros: el explorador Ernest Shackleton, el músico y escritor Boris Vian, el físico Stephen Hawkin, el superhéroe Christopher Reeve... Y de ellos hablaré en este libro porque estos hombres y mujeres son buenos modelos a seguir. Para el psicólogo cognitivo representan lo contrario a lo que combatimos, lo opuesto al malvivir.

Y es que el principal enemigo del psicólogo es lo que llamamos neuroticismo, es decir, el arte de amargarse la vida mediante la tortura mental. La depresión, la ansiedad, la obsesión son nuestros principales oponentes y cuando nos dejamos atrapar por ellos, lo que perdemos es la facultad para vivir plenamente. La vida es para disfrutarla: amar, aprender, descubrir... y eso sólo lo podremos hacer cuando hayamos superado la neurosis (o el miedo, su principal síntoma).

miércoles, 29 de septiembre de 2010

UNA DOSIS DE REALIDAD

Hace unos años viví una experiencia que me enseñó un poco más a enfrentar la muerte sin temor. En aquellos días, mi padre sufrió una embolia. Le hicieron unas pruebas y supimos que le debían hacer varios bypasses coronarios, una intervención quirúrgica mayor que consiste en cortar el esternón para llegar a las arterias cercanas al corazón. El cirujano reemplaza la zona de las arterias parcialmente bloqueadas con segmentos de otras venas o arterias.

 Para toda la familia fue un shock. Todo fue muy repentino. Era un hombre muy sano que nunca había pisado un hospital y, de un día para otro, ingresaba de urgencias con pérdida de la movilidad a causa del ictus y le programaban urgentemente una intervención arriesgada en el corazón.

 Recuerdo que el día antes de la operación, la familia estuvo a su lado en la habitación del hospital. Éramos varios: mi hermano Gonzalo, mi madre… Llevábamos toda la tarde allí intentando distraer a mi padre, hablando de naderías. También intentamos desdramatizar la intervención, inyectarle confianza:

 -         El médico que te va a operar hace más de cinco operaciones al día. ¡Ha debido hacer miles iguales que la tuya! Para él está chupado –dije yo.

 Y mi madre:

- Es la misma operación que le hicieron a Johan Cruyff en la década de 1990 y mira qué bien está ahora.

 Pese a esos esfuerzos para calmarnos, el ambiente estaba muy enrarecido. Era la primera vez en mi vida que veía a mi padre asustado. Se le notaba, aunque él también intentaba disimular. Parecía que faltaba el aire en la habitación. Estábamos todos mal.

 Quedaba, más o menos, una hora de visita. Después, nos tendríamos que ir, y mi padre y su compañero de habitación intentarían conciliar el sueño. A la mañana siguiente, temprano, empezaría una jornada decisiva.

 Allí estábamos los miembros de la familia, fatigados y nerviosos, intentando darle conversación a mi padre, cuando de repente, mi hermano Gonzalo exclamó en voz muy alta:

 -         ¿Sabes, papá? Y si la operación de mañana no sale bien y te mueres… ¡Al carajo! ¡¡De algo hay que morirse, joder!!

 … Se hizo un silencio inmediato… Incluso los familiares del compañero de habitación de mi padre callaron. Yo pensé: “¡Dios mío, se ha vuelto loco! ¿Qué narices está diciendo?”

 Pero, entonces, mi padre cambió de semblante. Recuerdo que se le borraron todas las arrugas de su cara, sonrió y dijo:

 -         Tienes razón, hijo. ¡De algo que morirse!

 A partir de aquel instante, ¡plof! cayó el espeso manto que nos enturbiaba el corazón. Desapareció la espesa niebla. El resto de la tarde fue muchísimo mejor. Por primera vez en todos los días que mi padre llevaba ingresado en el hospital a la espera de la intervención, se le veía relajado, incluso contento. Y también los demás.

 De alguna forma, aquel arrebato de mi hermano nos abrió a todos la mente. ¡Era cierto! La muerte nos puede llegar en cualquier momento y si es mañana, ¡pues muy bien!, ¡que sea mañana! Brindemos por la vida … ¡y por la muerte! Lo importante es disfrutar de la existencia, no cuánto va a durar.

 Tengo que añadir que la operación salió estupendamente y mi padre está vivito y coleando. Espero que lea estas líneas y se ría conmigo un rato de la parca.

 Yo, personalmente, no quiero que me entierren. Cuando muera, quiero donar mi cuerpo a la ciencia. Si es posible, que lo dediquen a las clases de anatomía de los jóvenes estudiantes de primero de medicina. Que algún jovencito abra mis tripas y aprenda que hay por allí dentro.

 En cuanto a ceremonias, sólo una. Que mis familiares y amigos se vayan a tomar unas copas y brinden en mi memoria por mi querida amiga, la muerte, la hermana gemela de la vida.

viernes, 17 de septiembre de 2010

FELICIDAD: BIZCOCHOS Y GUINDAS

Uno de los principales errores que cometemos al intentar entender nuestra mente se produce cuando buscamos las fuentes de nuestra felicidad. Esto es, hay ocasiones en que no estamos bien y nos preguntamos: “¿Qué es lo necesito para ser feliz?”, “¿Qué podría hacer para estar más contento?”. Entonces, para responder a estas preguntas, hacemos una investigación con nosotros mismos para encontrar las fuentes de nuestra felicidad.

-         Ummm, vamos a ver, ¿cuándo he sido feliz en el pasado? –nos preguntamos-. Ya sé, ¡cuando estaba en la universidad! Entonces, tenía muchos amigos, me dedicaba al estudio, no tenía responsabilidades y salía con Paola, tan guapa y cariñosa.

Primero recordamos aquel tiempo pasado tan hermoso y, luego, analizamos lo que hacíamos, las personas que nos rodeaban, intentamos aclarar qué definía aquel periodo feliz. Y, por último, concluimos que necesitamos todo ello para volver a estar bien.

-         Si pudiese salir de nuevo con Paola seguramente volvería a ser feliz –pensamos.

O quizás:

- Si volviese a la universidad, sería feliz de nuevo.

O aún peor:

- Si recuperase la juventud, volvería a ser feliz.

En fin, creemos erróneamente que aquellas circunstancias fueron los determinantes de nuestra felicidad y que, recuperándolas, volvería la dicha a nuestras vidas.

¡Mentira!

Si analizas un poco más, verás que tú ya eras feliz antes:

-         De entrar en la universidad.

-         De salir con Paola.

-         De ser joven (cuando eras niño).

Tú ya estabas en plena forma mental y aquello que hiciste entonces fueron lo que yo llamo las guindas del pastel, hechos que te dieron un plus de felicidad en una mente que ya se encontraba muy bien.

Lo que quiero decir es que para encontrarte bien a nivel emocional tienes que tener una mente sana. Simplemente eso. Podemos ser felices prácticamente en cualquier circunstancia. No necesitamos salir con Paola, ir a la universidad o ser jóvenes.

Cuando recordamos paraísos personales del pasado, a menudo, asociamos el bienestar de aquella época a los hechos más destacados que vivimos entonces (el inicio de una relación, tener un hijo, etc.) y llegamos a la conclusión de que esos hechos fueron los que nos daban la felicidad y no es cierto. Entonces, estúpidamente, intentamos repetir aquello, pero vemos que no funciona.

Hay que darse cuenta de que esos hechos no te dieron la felicidad. El bienestar lo llevabas tú dentro. Ahora, lo que tienes que hacer es recuperar ese bienestar mental, que está en tu mente. ¿Cómo? Entrenándote para ver las cosas con positividad, sin terribilizar y disfrutar de cada posibilidad que te ofrezca tu vida actual.

En ese sentido, el bienestar emocional es el bizcocho, la parte grande del pastel. Y lo que puedas hacer o tener, lograr o acumular… son solo las guindas de esa tarta. No tienen demasiada importancia. Olvídate de ellas.

En ese sentido, cualquier tiempo pasado no fue mejor, es sólo una ficción. Tu presente y tu futuro pueden ser tan buenos o mejores que el pasado si te amueblas bien la mente, si dejas de quejarte y te pones a valorar positivamente lo que posees.

Yo les recomiendo a mis pacientes que, tengan la edad que tengan,  adopten el siguiente lema: “Los próximos diez años van a ser los mejores de mi vida”. De esa forma, tienen que visualizarse haciendo cosas emocionantes, disfrutando de la existencia, apreciando lo que tienen. En cada momento de nuestras vidas encontraremos nuevos objetivos, nuevas posibilidades. No hay que mirar atrás, quejarse de las habilidades perdidas. Está claro que todos nos hacemos mayores y vamos perdiendo facultades. ¿Y qué? ¡No las necesitamos! No necesitamos casi nada para ser felices.